Lucas 24, 13 – 35  Domingo Tercero de Pascua

  “Anímate a realizar gestos que salven vidas”

Dos discípulos caminan juntos a Emaús, número necesario para que la verdad de los hechos sea creíble. Destaquemos la imagen del caminar juntos como modo oportuno de encuentro, de diálogo sincero y enriquecedora discusión, de corazones abiertos y dispuestos, de amistad y búsqueda de la verdad; en realidad, una manera de vivir que varias veces necesitamos ante nuestras oscuridades y confesiones, necesidad de apoyo y consejo, de aliviar dolores y fortalezas, de decir lo vivido para que quede en la memoria, de compartir la fe y disfrutar de lo regalado por Dios. Darnos cuenta que el “caminar juntos” es la manera de abordar los asuntos más íntimos de nuestra realidad de vida, donde podemos preguntarnos ¿qué nos pasa? Con esta imagen también podemos interpretar la misión compartida como un modo normal de misión.

Aquí, el diálogo acalorado es por la pérdida del profeta Jesús y la decepción profundamente sentida (¿frustración?) por el fin de los sueños despertados en ellos cuando caminaban detrás del mismo Maestro antes de su condena a muerte en la cruz.

No creyeron a las mujeres María Magdalena, Juana y María de Santiago (vers. 11) y ahora su tristeza y las pretendidas aspiraciones de poder (vers. 21: esperábamos que él fuera el liberador de Israel) son obstáculos para entender los hechos: están con los ojos incapacitados para ver. Es muy cierto que la decepción que causan las expectativas defraudadas y la soledad que invade el corazón ante los fracasos, suelen limpiar de orgullo el terreno de nuestro espíritu para que valoremos lo que se nos brinda desde fuera.

            En este episodio, propio del evangelista Lucas, vemos a Jesús acercarse a los caminantes en su breve viaje. Hermosa manera de intervenir, natural y amigable, lejos de toda manifestación gloriosa y extraordinaria. Jesús entra en la ruta desde la preocupación de los mismos afectados y revierte su andar (estado interior) recuperando la Palabra y los gestos (el pan compartido en la mesa), cosas que posibilitarán un nuevo camino de discipulado, un nuevo seguimiento que se explicitará al repetir lo que Jesús hacía con su pueblo y hacer realidad la resurrección como acto liberador de toda situación de pobreza e injusticia. Desde ahora serán testigos del Resucitado.

Un comentarista de este pasaje bíblico reflexiona que “regresan a Emaús a vivir la vida sin gusto porque el corazón se ha vaciado de todo excepto del amor que arde mientras el desconocido les habla por el camino (vers. 32). Así, el camino no es en realidad a Emaús, es desde el corazón a la mente. Un camino en el que necesitamos amar para entender”. Es esta chispa de amor, y su disponibilidad para aceptar al extranjero, las que facilitan la comprensión del suceso conocido por todos en Jerusalén, como uniendo el pasado y el presente para luego correr a contarlo a sus amig@s. Son esas brazas encendidas las que, aunque inconscientes, todavía quedan dentro de uno y resucitan provocando la llama que renace a la vida y a una fe más completa.

Y para terminar, la construcción del relato que hace Lucas es para mostrarnos dónde encontramos a Jesús Resucitado, e irradiar su presencia salvadora. Porque sólo podemos reconocerlo a Jesús en una experiencia liberadora de salvación. Los discípulos de Emús lo reconocieron al partir el pan, cayendo en la cuenta que fue un acostumbrado gesto realizado cientos de veces por el Mesías. A futuro nos queda a nosotr@s sus discípul@s realizar gestos salvadores de amor….inmensos en su grandeza, intensos en su fuerza, liberadores en su objetivo.

Mario Bússolo, cmf.