Ser buscador@s de una situación mejor a la actual, de felicidad y plenitud, de armonía y sentido de vida, de amor que sana y libera, de lugares y tiempos de paz, de compromisos que nos dan satisfacción, de aventuras desconocidas que crean preciosos vínculos y abren el corazón a lo nuevo: es parte de nuestra existencia. Siempre estamos buscando aquello que dé respuesta a nuestra sed de vivir en permanente crecimiento. Y si no es así, tenemos que ser personas en búsqueda, porque ninguno es tan suficiente como para afirmar que todo lo ha conseguido en la vida.

La mujer samaritana que va a buscar agua al pozo de Jacob refleja lo dicho. Representa a un pueblo que, al buscar, se ha encontrado con religiones diversas, incompletas o perjudiciales al pretendido deseo de felicidad (ha tenido cinco maridos). Un pueblo con sed de vida nueva, pero que conserva los recuerdos  de los orígenes de Israel (pozos de los patriarcas y el manantial que Moisés abrió en la roca del desierto), a la vez relacionado con corrientes de pensamiento y costumbres contrarias al valor de la vida y distantes al Dios Salvador, compañero de camino en el desierto y la llanura.

Todas ellas razones suficientes para que el pueblo judío, con su pretendida superioridad, despreciara a los samaritanos considerados infieles a la Ley de su Dios.

Un detalle, que no quiero dejar pasar, es el cansancio de Jesús; dato que nos permite descubrirlo sumamente humano en similitud con nuestra realidad personal. Recordemos en otras partes del Evangelio a Jesús llorando por la muerte de su amigo Lázaro, enojado con los vendedores en el Templo, y otras características que nos dan pie para comparar nuestra vida con la del Hijo de Dios. Tales rasgos son la puerta para el seguimiento al que el mensaje nos invita  a andar constantemente, por ello la pregunta válida desde este detalle es: ¿de qué estamos cansados?.

En la simbología del “agua” Jesús se atreve a proponer otra manera de comunicarse con Dios y de encontrar la ansiada vida plena, completa y eternamente feliz, libre de un culto dominante y deshumanizado (hasta el momento una vida obligada al cumplimiento de leyes y ahistórica, ajena a la realidad de los demás) como varias Iglesias o grupos religiosos que nos rodean y, a veces, dentro de la Iglesia Católica. Ya no hacen falta lugares ni intermediarios para hablar con Dios y sentir su tierna compañía, menos aun l@s que cobran aprovechándose de los más débiles ni de l@s  oportunistas que mantienen su posición dominadora.

El contraste que presenta Jesús con la religión judía y los demás ídolos extranjeros de aquel tiempo también invita a preguntarnos: ¿dónde buscamos a Dios? ¿Con qué realidades dialogamos para satisfacer nuestra sed de vida nueva? ¿Cuáles son los pozos a los que recurrimos después de nuestros cansancios?

El diálogo que mantienen la Mujer y Jesús es dinámico y de menos a más en su contenido, adornado con valores enriquecedores para nuestra relación con los demás. Por un lado la mujer inicia la comunicación con un desconocido, luego lo reconoce profeta y finalmente al Salvador esperado, el Cristo. Y por otro, el diálogo es sencillo y llano, libre de todo prejuicio, amable y cercano, interesado en aprender, confiado y sincero.

Opuesto a los diálogos ligeros y breves, cortados y desatentos, superficiales y agresivos, los de Jesús y la Mujer proponen recuperar encuentros de tiempos holgados, de palabras amables, de mensajes alentadores y consoladores, de gestos cariñosos y protectores, de compañías generosas y consejeras. Es un modo de hacer brotar fuentes de agua viva en cada corazón, familia y comunidad.

También es importante mencionar a Jesús abierto a un pueblo diferente al suyo, a una cultura distinta a la propia. Este interés por lo diverso lo ha manifestado el Papa Francisco al presentar una Iglesia “en salida”. Una frecuente tendencia en el ámbito religioso es encerrarse entre creyentes, en un mundo intraeclesial. Pero el amor de Jesús no tiene límites, el Dios que anuncia no cabe en los espacios que construimos para él, ni en los conceptos con los que queremos comprenderlo.

El desenlace de este hermoso encuentro es el giro que da la mujer al descubrir a Cristo, el enviado de Dios. Ella corrió al pueblo a invitar a la gente a ver a Jesús. Imposible contener tal descubrimiento y experiencia de Dios, su búsqueda ha hallado un agua que le dará vida para siempre sin tener más sed. La mujer “misionera” se hace mensajera del Dios que satisface la sed de un pueblo. Es muy cierto que quienes hemos encontrado a Jesús no podemos callar el acontecimiento que cambió nuestras vidas. Siempre será novedad y liberación aquel día en que Jesús se nos acercó con ternura y nos llamó a caminar por sus huellas: no dejes de contarlo.