Querido amigo, saludos desde Taiwán: “Sean misericordiosos como lo es nuestro Padre”.

A decir verdad, mi experiencia vocacional inicial estuvo fuertemente ligada a una experiencia semejante a la del samaritano camino de Jerusalén. Tras una misa en la comunidad juvenil, volvía a casa con un amigo. Un hombre joven se acercó a nosotros y pidió dinero para comer… esos años solía ir al cole, al lado de casa, sin dinero. Venciendo muchas presunciones le dije, “dinero no tengo pero podemos compartir la cena en casa”; y se vino conmigo y tras la primera reacción desencajada de mis padres, mi madre le ofreció mantas o ropa, una ducha o algo de comida si lo necesitaba. El declinó y marchó tras compartir la cena. Al día siguiente un amigo y yo lo estuvimos buscando por el barrio y un pequeño grupo nos implicamos en buscarle un lugar de desintoxicación, contactar con su familia…

Cuando alguien me preguntó que porqué lo había hecho, solo pude decir que era lo coherente tras las lecturas de aquel día en la eucaristía; “porque tuve hambre y me diste de comer…” Mucho ha llovido desde entonces pero esa experiencia queda como un pozo inquieto que de vez en cuando se agita y cuestiona mi vida como misionero claretiano… ¿aún sigo saliendo de mi tierra? ¿Aún sigo cuestionando las convenciones y tradiciones, venciendo presunciones? ¿soy muro o puente?

En los últimos años mi vida misionera se ha desarrollado en un ambiente si no hostil, si al menos “difícil” para la evangelización. En China somos bienvenidos, pero no lo es tanto nuestra afiliación eclesial y creyente. Durante nueve años ser misionero ha sido un constante poner entre paréntesis lo que yo creía que era bueno o malo, adecuado o inadecuado, para dejar que sea “lo que Dios quiera”. Y quizá sea esto en lo que consiste la vocación cristiana, que es una pero diferenciada: dejarme hacer para que sea lo que Dios quiera, como María, como Pedro, como el samaritano, como Francisco o Antonio Claret… Cierto que de vez en cuando me las veo con Dios o Dios se las ve conmigo, que no coincidimos en algunas opciones, especialmente cuando me duelen y exigen renuncia de mi parte, pero si no dejo a Dios ser Dios, incluyendo mi vida, ¿cómo invocar su nombre? ¿cómo llamarme cristiano?

El Dios en quien creo, el Dios de Abraham, Isaac, Jacob y Jesús, el Dios de Claret es un Dios que goza derribando muros y tendiendo puentes… lo de abrir y cerrar ventanas y puertas le queda pequeño, y es que a veces un Dios de grandes designios nos incomoda; Nos gustaría un Dios que se conformara con ser parte de mi y sin embargo se empeña, por activa y pasiva en ser todo en todos, y en ese proyecto Reino de Dios no hay medias tintas vocacionales.

Paco Carín CMF

Superior Mayor East Asia Delegation