PALABRA DE DIOS: Juan 9, 1 – 41. Cuarto Domingo de Cuaresma

Fue en el año 1943 cuando el aviador y escritor francés Antoine de Saint Exupéry escribió el “El Principito”, breve narración sobre el amor y la amistad. En realidad, uno de los libros más celebres hasta estos días. Enriquecedor contenido del que quiero destacar la frase “sólo con el corazón se puede ver bien, lo esencial es invisible para los ojos”.

Este simple pero importante secreto invita a vivir mirando con el corazón las personas, hechos y naturaleza misma que nos rodea a cada instante. El mensaje y la belleza de tales cosas (lo esencial) no son visibles ni evidentes para los que se quedan en el aspecto exterior de todo lo que acontece o existe alrededor. Además, sólo es posible que los sentimientos surjan, las sorpresas sean  encantadoras y sean preciosos los valores en nuestro interior, cuando pudimos mirar lo esencial a la vida. ¿Qué hay detrás, o escondido, de cada ser humano, de cada criatura, movimiento o susurro de todo elemento de la naturaleza?

Creo que el ciego de nacimiento, al encontrase con Jesús luz del mundo, descubre qué es lo importante (esencial) para su vida desde ese momento: el amor de Dios que lo ha liberado de la terrible carga de desprecio que la cultura le había impuesto, de ser considerado pecador por su limitación visual, libre del insufrible peso de la marginación social y religiosa. Y, sobre todo, la invitación que le hace el Dios Salvador a caminar como testigo de la luz recibida siendo discípulo (descubrimiento inolvidable expresado en el gesto de arrodillarse cuando Jesús le dice quién es el que lo sanó).

En adelante, la palabra del que era ciego empieza a tener valor, es una palabra que cuestiona y denuncia, resiste y es libre para decidir y elegir. Su vida ha cambiado totalmente.

Desconocer lo esencial es consecuencia, a veces, de la confusión en nuestro andar; pero otras veces de la terca cerrazón que el corazón manifiesta ante cualquier persona o acontecimiento que se sale de los propios parámetros, creencias o costumbres rutinarias. Los fariseos son la figura de quienes “no pueden ver” porque se mantienen prisioneros de una creencia cerrada a la que se adhieren de un modo tan fanático que les impide ver las cosas como son. No sin ironía, el relato hacer ver que son incapaces de aceptar la inexplicable curación del ciego, al que condenan y expulsan de la sinagoga, debido a sus prejuicios sobre Jesús y, sobre todo, al hecho de colocar la norma por encima de cualquier otra cosa, incluida la misma realidad: «Este hombre no viene de Dios porque no guarda el sábado».

El fanatismo funciona así: no hay valor –ni siquiera la persona- por encima de la ley en la que se cree. Jesús muestra que los que creen ver, se quedan ciegos. Quien está demasiado seguro de sus creencias, está en realidad ciego, porque la misma creencia hace de velo opaco que le impide ver la realidad con limpieza.

Nuestra fe debe ser una fe de ojos abiertos y penetrantes hasta llegar más allá de lo visible. Lejos de aquella espiritualidad fascinada por lo espectacularmente vistoso y de poca duración, o la espiritualidad cerrada por los candados de las costumbres inmovibles en el tiempo, nuestro discipulado debe caracterizarse por la inteligente búsqueda de lo invisible, por la comprensión respetuosa de lo nuevo y distinto que ofrezca a la humanidad salidas de liberación y esperanza. Con el corazón podemos ver la intensidad del dolor ajeno como la fuerza imperiosa de quienes luchan por la justicia y la paz del mundo.

Otras consecuencias de nuestras cegueras son el culpabilizar a las personas en su situación misma de falta de liberación y dignidad. Por eso estamos distantes de personas o realidades que merecen el amor de Dios, por desconfianza, por  amenaza a nuestro interés, etc. Hay que caer en la cuenta de que hay cosas de las que desconfiamos, por el solo hecho de no conocerlas o no comprenderlas.

Estar alertas de nuestras reacciones ante los signos de vida que vienen de fuera para no enjuiciarlos apresuradamente. Lo peor que podemos llegar a hacer es distorsionar la verdad como los fariseos. Es necesario analizar el alcance de nuestra ceguera y ser dóciles a cambiar porque Dios siempre nos sorprenderá desde las personas y hechos menos pensados. Dejarse interpelar por Dios es entrar en esa crisis de la que Jesús habla en el versículo 39. Crisis de las que, luego de vividas, te asimilan al hombre ya sanado de su ceguera, de las que hacen florecer la libertad y seguridad para caminar cada día con nuevas miradas, las miradas de la fe que saben que hay que llegar a lo invisible para encontrar a Dios, para encontrarte…

P. Mario Bussolo CMF

Argentina