Queridas Amigas y Amigos

Un saludo cordial.

Carlos Verga me ha pedido que les escriba; nosotros no nos conocemos pero tenemos sentimientos comunes y pasión por el Reino.

Tengo 77 años y este año he cumplido cincuenta de cura; la mayor parte de mi vida la he vivido con y para los jóvenes. Junto a otro compañero claretiano, que se llama Roberto y junto a otros jóvenes y no sólo ellos, hemos puesto en movimiento una asociación a la cual hemos dado el nombre de comunidad de via Gaggio, en la ciudad de Lecco, en el norte de Italia. Hemos acompañado de muchas maneras jóvenes con problemas de adicciones y en los últimos 16 años adolescentes y jóvenes que provienen del flujo migratorio.

En una casa a la que hemos dado la referencia del pozo llegan desde la hora del almuerzo hasta la tarde unos cien adolescentes con los cuales construimos un proyecto personal y desarrollamos atenciones específicas. Provienen de aproximadamente treinta Países del mundo, una buena mitad son musulmanes, de entre 14 y 22 años. Con ellos, además de los educadores, viven unos cuarenta voluntarios. A todos nos mueven algunos interrogantes: si no los cuidamos, ¿qué será de sus vidas y de la vida del territorio? A ellos lels pedimos, en base a la experiencia de los voluntarios que ponen sus personas a disposición, un tiempo de sus vidas (treinta horas en un año) para que lo dediquen a los otros. Esta semana hemos vivido la despedida de una persona que ha sido vital para nosotros: un hombre de 64 años, nuestro arquitecto; ha muerto luego de casi cinco años de un itinerario generado por la ELA (esclerosis lateral amiotrófica). Cuando los médicos le diagnosticaron la enfermedad y él vino a contarme, me dijo: ¿Qué querrá ahora el buen Dios de mí? No lo sé, le respondí. Pero es indispensable para ti y para todos que afrontemos la situación con entereza. Era noviembre del 2011.

En el 2013 escribe junto a su hermano, periodista, un libro titulado Luce (luz) donde narra la dramática situación de los enfermos incurables además del itinerario humano y espiritual que lo había llevado de la desesperación a la alegría. Al año siguiente, siempre con el hermano, escribe un relato breve que lleva por título L’ultima bolla (la última burbuja), la historia de una cría de delfín y una niña, sobre la amistad de ambos y el proyecto visionario que compartían: detener el flujo de los náufragos en las barcazas y la matanza de los emigrantes en las aguas del Mediterráneo.

Les transcribo las últimas líneas del libro Luce: No tengo miedo de morir, estoy en paz porque en el amor de quienes me rodean, como en aquel de todos aquellos que he encontrado a lo largo del camino, he visto el amor de Dios, he sentido su abrazo anticipado. En el mismo instante en el cual todo se apagará, sé que habrá otra luz que me cobije.

Los saludo con cariño,

Angelo Cupini CMF

Misionero Claretiano en Lecco. Italia.