Mario Bússolo CMF – Misionero en la Patagonia argentina

Mt 4, 1-11. Jesús en el desierto.

El presente texto bíblico, tan conciso y elaborado, está ubicado apropiadamente para explicar cómo Jesús enfrentó los males del mundo durante toda su vida, aquellos tan fuera del ser humano como dentro, en el corazón.

Digo apropiadamente porque está colocado después del bautismo de Jesús realizado por su maestro Juan Bautista, hermoso momento donde se lo reconoce como Hijo querido por Dios para una emocionante y arriesgada misión. Y antes de entrar a Galilea, región elegida por él mismo para el anuncio de la llegada del Reinado de Dios. Esta Galilea se transformará en el lugar privilegiado de los discípulos luego de su muerte y resurrección. Es allí donde, desde el recuerdo contemplativo y dialogado en comunidad, comprenderán la opción por los débiles y excluidos que Jesús hizo, la calidez de su presencia como abrazo amoroso de Dios compañero de camino y de lucha, su pasión por la justicia, su corazón generoso en la solidaridad con los hambrientos y necesitados, su compasión por los abandonados y enfermos, su rabia por las injusticias cometidas a los indefensos; sus palabras de vida eterna, sus sueños de liberación conquistada por la práctica del amor; todo ello como horizonte para futur@s seguidor@s del sencillo y alegre hombre de Nazaret.

La retirada al desierto muestra una decisión inolvidable, (quizás la más importante junto con la de ir a la Cruz) la de vivir la experiencia del Reinado de Dios. También explica el movimiento interno que solemos recorrer de elección permanente, de desnudas búsquedas en medio de las tormentas, de impulsos y retrocesos al caminar, de definiciones con pocas alternativas, pero siempre acompañadas por el Espíritu de Dios.

Jesús vive en el desierto durante cuarenta días, escenario de la prueba: símbolo de los 40 años del Éxodo de Israel. Es allí donde Juan el Bautista anunció la justicia de Dios y denunció las injusticias del poder opresor de Roma con un extraordinario modo de vivir, hecho que impactó a Jesús y que quedó grabado en su mente. También era el lugar de movimientos mesiánicos proféticos y revolucionarios que organizaban revueltas y acciones inspiradas en sueños de justicia y libertad. Sin olvidar que el desierto fue el lugar y el tiempo donde nació el pueblo de Israel, historia que estaba en la memoria de Jesús y el aplastado pueblo judío de entonces.

El relato presenta la oposición entre los planes diabólicos y el proyecto que Dios quiere. El diablo representa un proyecto de acción opuesto a Dios, y es quien pone a prueba a Jesús. (Dios no nos pone a prueba). Si tenemos rivales (diábolos en griego) en nuestra vida, son la esperanza en milagros fáciles e injustificados, los grandiosos espectáculos fugaces y superficiales, el deseo de poder sobre todo y sobre tod@s que lleva a la opresión. Todo esto dificulta y hasta equivoca el rumbo en la misión, hace desaparecer los sueños que descubrimos alguna vez en relación a la comunión con Dios y con los demás.

El Desierto será el lugar y tiempo de decisión de Jesús, de preparación para la misión, de maduración en el proyecto de Dios, de profundizar la propia fe, de confrontación con lo malo (Satanás) para hacer una nueva alianza en fidelidad a un compromiso total. El desierto deja de ser lugar de prueba y penitencia según la tradición judía, para convertirse en lugar de aprendizaje definitivo.

Es éste el lugar y tiempo que necesitamos buscar y conocer en nuestra vida cuando nos absorbe el trabajo y vamos dejando de lado lo que llena el corazón, cuando vivimos de prisa y hasta cansad@s cada día por obligaciones imposibles de renunciar, o cuando lo que tenemos que hacer sobrepasa nuestras fuerzas, cuando nuestro compromiso de fe se ha debilitado, cuando nos invade el malhumor o el enojo porque la vida va contracorriente, cuando la desorientación o el pesimismo van adelantados a nuestros pasos.

Es riqueza de los adolescentes y jóvenes la fuerza por hacer múltiples actividades que reflejan lo dinámico y apasionado de sus vidas, pero a veces esa tendencia a hacer mucho expresa la dispersión y vacío en que van cayendo en el presente. Ellos pueden, en pocas horas, ir a la facultad, trabajar, salir a bailar, reunirse a comer pizzas, sacar a pasear a sus mascotas (que muchas veces las cuidan más que a las personas), jugar la playstation, enviar y responder más de 50 mensajes de texto por día, entre otras cosas; todo hecho a prisa sufriendo un desgaste emocional y físico que los lleva al sin sentido.

Y los adultos reflejamos las opciones hechas en etapas anteriores, muchos han dejado de lado lo esencial que la vida necesita y le hace bien: la paz, la salud, el amor, la fe practicada en la relación con Dios y el servicio a los demás, la amistad, el conocimiento, el compromiso por el crecimiento personal y el de la familia. Somos muy descuidados de aquello que es valioso e importante.

Hay cosas que son necesarias y válidas para realizar y que ayudan al crecimiento personal o al bien de los demás, hay actividades que pueden esperar, y otras que nos hacen perder el tiempo y hasta nos atrofia la vida. Hay que tenerle más miedo a la vida sin sentido que al sufrimiento cuando éste es por causas valiosas.

Es un alivio, y mucho más que eso, el buscar momentos para serenarte, escuchar lo que habla tu interior, relajar tu cuerpo para que habite la fortaleza y la paz, para mirarte con cariño y evaluarte corrigiendo tus errores, para planificar las tareas llenándolas de sentido. Este desierto es el lugar del discernimiento, los tiempos de formación para capacitarse, de maduración en el compromiso de fe, es el espacio para encontrarse con la Palabra de Dios, para soñar incluso lo imposible. Es el tiempo de la soledad que permite alimentarte de bondad, de prepararte para perdonar o pedir perdón, de arrepentirte y volver a creer, de tomar distancia de los acontecimientos para mirar más allá de lo que se ve, para recordar lo que desearías vuelva a suceder.

“El silencio humano que Dios fecunda no es el de aquel que está callado, sino el de aquel que está a la escucha” Mamerto Menapace)

Y no olvides: El desierto es un tiempo de preparación para la misión, para las grandes decisiones y pasos, para los sí de la vida que implican compromiso claro y total de nosotr@s.

En el desierto percibimos el movimiento del Reino de Dios que nos invita a movilizarnos en búsqueda de nuestros propios “lugares del Reino” donde se concreten y desarrollen nuestras opciones por la vida, por la dignificación de las personas y de las comunidades. La cuaresma que recién ha comenzado podría ser tu tiempo de desierto. ¿Viste que interesante es el desierto?

Mario Bússolo CMF.