En su homilía de apertura del Año Jubilar de la Misericordia, el Papa Francisco se refirió a la profundidad de la misericordia de Dios: “Entrar por la Puerta Santa significa descubrir la infinita misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. ¡Es Él que sale a nuestro encuentro!” Estas palabras resaltan la grandeza del amor de Dios sobre el cual está profundamente fundada Su misericordia. A causa de ese inifinito amor que nos tiene, Dios, en su misericordia, sale a buscarnos y nos encuentra.

Es este pensamiento el que más me ha convencido de la importancia de la misericordia en toda la dinámica de la vocación cristiana, su desarrollo, y el modo en que lo vive quien responde a este llamado. Huelga añadir que la misericordia está presente en el corazón de la vocación misionera.

Por su amor y misericordia, Dios nos llama a su seguimiento. Por elección de Dios, no por iniciativa de la persona. Se nos recuerda que el amor y la misericordia de Dios es aquello que lo atrae hacia nosotros. No al revés. No importa cuán buena pueda ser una persona, su condición de pecadora y el sentimiento de indignidad siempre quedan eclipsados por Él. Sólo en Su amor y misericordia una persona llega a compartir en Su amor y misión.

A causa del amor y la misericordia de Dios, hemos tenido la oportunidad de cultivar y hacer crecer nuestra vocación misionera. Por estas oportunidades la persona llega a conocerlo, amarlo y servirlo más plenamente. Las vidas de los santos han demostrado claramente esta experiencia de conversión y celo misionero. En el contexto de la vocación cristiana, la conversión nunca es completa si no se está “en salida” hacia la misión; de modo semejante, estar “en salida” misionera nunca será algo auténtico sin conversión. Es esta experiencia primera la que inspira a que alguien haga más por Dios y por los otros, y a que persevere en la gratitud y la alegría.

A causa del amor y la misericordia de Dios nos sentimos atraídos a vivir una vida digna de nuestro llamado. Es este el desafío de ser testigos. La experiencia del amor de Dios y de su misericordia impulsarán a que la persona vaya más allá de sí misma para sea y esté disponible más para el mundo. Cuanto más profundo es el encuentro, más fuerte el deseo de dar testimonio a los demás. La bondad no se puede guardar; la propia luz no se puede esconder a los demás.

Es posible que en nuestros días hayamos experimentado varios incidentes frustrantes y desgarradores tanto en el mundo como en la Iglesia de nuestros días. Aún siendo así, dejemos que el amor y la misericordia de Dios nos aseguren una cosa: Dios nunca abandona Su gente. Decía San Antonio Claret en su Oración Apostólica: “¡Oh Dios y Padre mío! Haz que te conozca y te haga conocer. Que te ame y te haga amar. Que te sirva y te haga servir… y que todos nosotros alcancemos tu eterna gloria”. Tal vez esta oración nos mueva a encontrarnos más profundamente con Dios en nuestras vidas, nos asegure su compañía y nos impulse a salir de la mediocridad para permanecer como testigos fieles de acuerdo a la originalidad de cada uno.

Leo Dalmao CMF

Prefecto General de Formación