Cartas vocacionales, abril 2018.

«¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Hubo gran asombro y júbilo cuando los dos discípulos pudieron reconocer que la persona que caminaba con ellos hacia Emaús era Jesús. Nuestro Señor Resucitado también se apareció a los Once y sus acompañantes mientras estaban reunidos a la mesa. «Sí, es verdad, el Señor ha resucitado». Su desesperanza fue reemplazada por un gran fervor, su dolor se convirtió en alegría y gozo, su dureza de corazón y su incredulidad se tornaron fe y confianza. Luego, Jesús les dirá: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación».

El envío pascual de Jesús se realiza en nosotros, claretianos, como servidores de la Palabra. El Ministerio de la Palabra pertenece al núcleo de nuestro patrimonio e identidad carismáticos. Es de suma importancia para nuestras actividades misioneras proclamar la Palabra utilizando los medios posibles para responder a lo más urgente oportuno y eficaz, especialmente a los pobres, desplazados, vulnerables, indefensos, explotados, aquellos en las periferias y a los desfavorecidos. No se puede ser claretiano como si los pobres no existieran; sin denunciar y combatir estructuras y sistemas injustos que subyugan a los pobres (MS 42-45, 49-52).

No habrá una evangelización efectiva a menos que lleguemos a ser como María que acoge y medita la Palabra en el corazón. Por ello, debemos escuchar a Dios que nos habla por diversos medios y maneras: en la creación, en la Escritura, en la Iglesia y, de manera definitiva, en Jesús, el Emmanuel, el Verbo hecho carne. Dios nos habla también en los diversos contextos, espacios, tradiciones, culturas y acontecimientos de la vida, especialmente de los pobres, oprimidos y excluidos. Escuchar la Palabra genera en nosotros hábitos de silencio, adoración, contemplación y discernimiento. Sin embargo, la escucha efectiva puede verse obstaculizada por diversos factores, como ruidos y temores.

En mi experiencia personal, los ruidos causados ​​por las fuerzas físicas no se pueden comparar con el volumen de los gritos, los lamentos y el estridor que vienen de lo profundo de nuestros corazones y mentes. Las tensiones de la vida, los problemas no resueltos y las adversidades a veces parecen envolvernos en un inmenso tifón, poderoso y destructivo; aún más poderoso que el ruido causado por un fuerte aguacero, los fuertes vientos y el trueno que sigue a una ráfaga de relámpagos que pueden ahogar incluso la propia voz.

En la tormenta, naturalmente sentimos miedo. Escuchar los eventos de la vida de las personas, especialmente de los pobres y de aquellos que sufren violencia e injusticia, evoca otro tipo de miedo. No es el miedo de que uno también pueda experimentar la miseria, la violencia, las lesiones y el daño que experimentan los pobres. Cuando nos sumergimos en la vida de los pobres y oprimidos, nuestros puntos de vista sobre la vida se ven confrontados, nuestras comodidades se alteran, nuestras perspectivas y tomas de postura pueden cambiar. Cuando nos involucramos completamente y nos sumergimos en el mundo y la vida de los pobres, no podemos más que sentirnos interpelados e impulsados a la acción. Abandonar nuestras zonas de confort, sentirnos desafiados, perturbados e impulsados a actuar también nos causa temor porque nos lleva hacia lo desconocido, incierto e incómodo.

Siempre habrá ruidos y temores en nuestra vida, pero déjemonos consolar por el espíritu de esta temporada de Pascua. En medio del pánico y el miedo de los discípulos, Jesús se apareció y les dijo «la paz esté con ustedes» y que no tuvieran miedo. En nuestros temores e incertidumbres no debemos preocuparnos porque el Señor resucitado nos asegura su presencia y el don del Espíritu Santo que nos concederá audacia y creatividad, sincera compasión, alegría, humildad y mansedumbre para escuchar continuamente la difícil situación de los pobres y oprimidos y para proclamar el Evangelio, incluso contra toda marea, persecución y muerte, en todo momento y en todo lugar.

¡Aleluya, verdaderamente el Señor ha resucitado! ¡Caritas Christi urget nos!

Hno. Joseph Roy Villarín CMF

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