La misión compartida es el proyecto que Dios quiere para todos y es la manera en que se entiende hoy la Iglesia. La misión se comparte porque nace de la experiencia vocacional de religiosos y laicos y se plasma en proyectos de misión.

La misión compartida nos interpela y desafía en nuestros días pues es más que colaboración, ayuda o cooperación de los laicos a la misión de la Congregación. “Todos somos llamados a colaborar en la única misión de Cristo: “como el Padre me envió así os envío yo a vosotros” (Jn. 20, 21). Compartimos la misión desde un don que a todos nos anima y potencia: el don de ser enviados, el don de la misión que surge de la gracia de la llamada. “Llamó a los que quiso (…) para ser enviados” (Mc. 3, 14).

Desde el Concilio Vaticano II, con el impulso del Espíritu, hablamos de la fuerza del Bautismo y el gran compromiso que entraña para todos los cristianos (cf. LG 31). El laico responde a esa llamada y a ese envío desde la consagración bautismal. En la misión converge lo específico de la participación del laicado y de la vida religiosa. Misión compartida no es, univocidad, sino espacio de diversidad y complementariedad apostólica. “En la Iglesia hay variedad de ministerios, pero unidad de misión” (AA, 2).

Hemos comprendido de forma experiencial en nuestro reciente Capítulo General (con participación de algunos laicos) que el carisma de nuestros Fundadores es un don para la Iglesia y que no nos pertenece de modo exclusivo; que hemos de vivirlo de forma integral y armónicamente, y desde él compartimos juntos la única Misión de Cristo.

Del carisma surge el compartir una espiritualidad en la que vivimos y se sustenta la fe y la misión. Si la vocación está a la base de la misión compartida, hemos de tener en cuenta que cuando ésta se inicia o desarrolla en el acompañamiento mutuo, no debe faltar el discernimiento sobre la llamada a compartir el carisma, la espiritualidad y la misión.

La experiencia de la misión compartida al interior del carisma y apostolado claretiano permite sentirnos -caminando con otros- en la misión de Cristo, dentro de la Iglesia [1].  Lo primero no será hablar de las tareas o actividades apostólicas, sino compartir una herencia espiritual que Dios regaló a la Iglesia a través del carisma claretiano.

Así descubrimos que el sujeto de la misión compartida es un “nosotros” sin que con ello se disuelva ninguna identidad, sino enriqueciendo lo específico de cada una. Tomando de San Pablo la imagen del cuerpo, cada parte es reconocida por las otras y, a su vez, reconoce a las otras como imprescindibles.

Y quiero manifestar que creo:

  • en la misión compartida como llamada y como don del Espíritu a compartir la misión de Cristo.
  • en la formación conjunta de religiosos y laicos como cambio de mentalidad, camino de riqueza y complementariedad.
  • en la espiritualidad que acompaña el crecimiento de cada vocación y de toda nuestra Familia Carismática.
  • en la unidad y comunión que hace creíble el anuncio de evangelio, “que todos sean uno para que el mundo crea”.
  • en la diversidad de carismas que renueva y embellece a la Iglesia.
  • en el discernimiento y en el acompañamiento mutuo que pone en el centro de su proceso la misión compartida como modo de vivir nuestra vocación.

¿Y tú en qué crees? ¿Trabajar en misión compartida  enriquece la cultura vocacional?

Este modo de caminar juntos, que ojalá llevemos a la práctica, es en sí mismo, un testimonio de la Buena Noticia del Evangelio en medio de nuestro mundo en gran parte dividido y roto. Si nosotros siendo distintos, reconociendo y amando la diversidad, somos capaces de trabajar juntos, inspirados por el mismo Espíritu, cuidándonos y acompañándonos, nos convertimos en una fuerza de transformación de la humanidad.

Ascensión Redondo, RMI.

[1] La profética encíclica de Paulo VI Evangelii Nuntiandi y la que abre el pontificado de Francisco, Evangelii Gaudium insisten en este origen de la Iglesia de Cristo.