El día del aborigen americano se celebra en conmemoración del Congreso Indigenista Interamericano celebrado en Patzquaro, México, el 19 de abril de 1940, convocado por el entonces presidente mexicano Lázaro Cárdenas.

El 21 de diciembre de 1511, cuarto domingo de adviento, en la iglesia de la ciudad de Santo Domingo, ante los españoles convocados por la comunidad dominica, fray Antón de Montesinos pronunció un sermón cuyo núcleo es lo que sigue:

Los indígenas son seres humanos. Son hijos de Dios. Son dueños en pacífica posesión de sus tierras. No se los puede esclavizar ni servirse de ellos en contra de su voluntad, ni, por supuesto, maltratarlos o matarlos. Hay que predicarles el evangelio y acogerlos con misericordia. Por tanto, si los españoles persisten en los repartimientos, que son la negación de todo lo que estaban obligados a hacer con los indígenas, no pueden ser válidamente absueltos y se condenan sin remedio.

El sermón se puede reducir a tres cuestiones fundamentales: los indígenas ¿no son seres humanos? Ustedes los españoles ¿no están obligados a amarlos? ¿No entienden estas dos cuestiones tan elementales?

La primera cuestión apunta a la humanidad de los diferentes y por consiguiente a la dignidad de la persona. Como verdaderas personas humanas, también los indígenas son sujetos de derecho. Esto procede del derecho de gentes, que trabajaba por aquellas fechas la universidad de Salamanca, famosa por iniciar el tratamiento sistemático de estas cuestiones. Desde esta perspectiva el derecho de gentes es una respuesta a las cuestiones éticas que suscitaba el descubrimiento y colonización por parte de Europa de inmensas regiones desconocidas hasta entonces.

El sermón de Montesinos tuvo influencia por lo que dijo pero todavía más por decirlo con parresía. Para los griegos ese vocablo designa la franqueza y libertad propias de un ciudadano en la asamblea; pero luego en el helenismo pasa a ser el atributo de un verdadero ser humano que se atreve a decir lo que siente, aunque contradiga a su ambiente y sobre todo a quien tiene el poder, porque su vida es tan densa que es capaz de soportarlo, es decir, de encarnarlo y en ese sentido de portarlo sobre sus hombros, y de encajar las consecuencias de lo que dice, y también en ese sentido de soportarlo. En ese mismo sentido dice Jesús a Anás, que lo interroga como preso, que él siempre ha hablado con parresía y lo mismo se dice de los apóstoles y Pablo. Este es el caso de Montesinos y de la comunidad dominica en nombre de la cual da el sermón.

¿De dónde proviene esta densidad, libertad, confianza y valentía? Dice Bartolomé de las  Casas: “Todos los que entonces venían eran religiosos señalados, porque a sabiendas y voluntariamente se ofrecían a venir, teniendo por cierto que habían de padecer acá sumos trabajos y que no habían de comer pan, ni beber vino, ni ver carne, ni andar los caminos cabalgando, ni vestir lienzo ni paño, ni dormir en colchones de lana, sino con los majares y rigor de la Orden habían de pasar, y aun aquello muchas veces les había de faltar; y con este presupuesto se movían con grande celo y deseo de padecerlo por Dios, con júbilo y alegría, y por esto no venían sino religiosos muy aventajados” (Cf. Las Casas, Historia de Las Indias, libro segundo, capítulo 4. Biblioteca de Ayacucho, Caracas, vol.II, cap. 54, pg.199).

Este carácter voluntario, esta enorme autoexigencia, ese tono de emulación en mortificarse y desde esa libertad de las pasiones que da la mortificación voluntaria, entregarse a los demás, esa excelencia personal, que encomia Las Casas, resultaron requisitos indispensables para la denuncia que llegaron a hacer. Esa denuncia fue tomada muy en serio porque provenía de la parresía de los miembros de esa comunidad, es decir, porque ellos eran capaces de sostener con su vida, con su prestancia personal, el terrible desafío que lanzaron a sus paisanos, que, no nos olvidemos, lo lanzaron precisamente para su salvación. Hay que recordar que en España la reforma no comienza con Lutero sino que había comenzado con las órdenes religiosas en la última década del siglo XV. Esto implica que se habían desligado estructuralmente de la mundanización de la institución eclesiástica y no lo habían hecho disciplinarmente, como sucederá después en la contrarreforma de Trento, sino por el reencuentro personalizado con las fuentes evangélicas y el espíritu que las anima.

En el caso de los dominicos, las fuentes evangélicas coinciden con las de la orden ya que la experiencia fundante de Domingo de Guzmán, al comienzo al lado y bajo la inspiración de su obispo, Diego de Osma y más tarde con los colaboradores que se buscó, consistió en predicar en pobreza y predicar sobre todo el evangelio.

El hito decisivo en su vida tiene lugar al regreso de Roma, cuando acompañaba a su obispo. Es el encuentro en el Languedoc con los legados pontificios que estaban a punto de renunciar a su misión de convertir a los herejes valdenses y albigenses por la exigüidad de los frutos. Los herejes y el pueblo les señalan como motivo para no convertirse la mala vida del clero y el escándalo de la riqueza y el poder de la institución eclesiástica. Los legados no pueden refutar esta objeción ni tampoco dedicarse a esta reforma, que además los supera, sin interrumpir la misión. El obispo les propone ser ellos mismos los referentes cristianos, predicando como los primeros discípulos enviados por Jesús: descalzos y sin dinero y con una vida realmente evangélica. Se ofrece él mismo a avalar con su autoridad episcopal esa nueva manera de ejercer su legación. Y en efecto, los cuatro, el obispo y su acompañante Domingo, y los dos legados, realizan su misión, fundándola en una fervorosa oración apostólica y en una vida intachable e inflamada de caridad, buscando a la vez revitalizar la vida cristiana y convencer mediante disputas a los herejes.

La propuesta no es sólo predicar el evangelio en vez de doctrinas sino predicarlo viviéndolo, sacramentalizándolo con su vida, situándose en esa situación precisa de modo equivalente a como Jesús se situó en la suya, lo que en su caso significó principalmente, formando un equipo de hermanos, de condiscípulos, unidos al Padre y a Jesús por una oración ardiente, que predicaban y vivían en pobreza y llenos de caridad hacia los que se buscaba convertir, que discernían en común lo que la misión les iba deparando. La comunidad dominica que se traslada a Las Indias revive con fidelidad creativa este inicio fundante, que a su vez, reeditaba del mismo modo la misión de Jesús. Por eso, al ver agrandados los vicios estructurales que reprobaron en la cristiandad de España, reaccionaron con libertad evangélica ante ellos.

La reacción ante el sermón es el escándalo ante una novedad nunca oída. Lo que pedían los frailes entrañaba cortar con el modo de producción señorial. Lo que decían coincidía, por otros motivos, con la posición de los burgueses europeos que se estaban emancipando de sus señores: era el paso del feudalismo a la burguesía. El camino de los vecinos es poner a los religiosos contra los religiosos: el procurador que envían a la corte para defender su causa y pedir la condena o la expulsión de los dominicos es un religioso. Esos religiosos son adulados y, al aceptar ese trato, se da la complicidad subjetiva, pero sobre todo, pertenecían estructuralmente al sistema por tener encomiendas, aunque no se aprovecharan de ellas. Hay una falta radical de discernimiento por admitir las honras y aceptar las encomiendas, que causaban el daño objetivo a los indígenas, aunque ellos no anduvieran en ellas ni se aprovecharan de la mayor parte de la exacción.

El camino de los dominicos es el testimonio de la verdad, a la que se llega por la externidad al sistema, mantenida por la oración, la penitencia, la pobreza y el discernimiento comunitario. Por eso envían a España para defenderse al mismo Montesinos, que, al llegar a la corte no es recibido y tiene que hacer antesala indefinida porque le niegan al acceso al monarca, hasta que, tras muchos días de espera, al ver la puerta entornada, se atrevió a entrar y le expuso el caso al anciano monarca. Acabado su escalofriante relato, le requiere al monarca: “‘¿Vuestra Alteza manda hacer eso?; bien soy cierto que no lo manda’. Dijo el Rey: ‘No, por Dios, ni tal mandé en mi vida”. Fernando, el Católico se comprometió a poner remedio a la situación. “Y así el padre fray Antonio se levantó, y besadas al Rey las manos, se salió, habiendo aquel día, a pesar del portero, bien negociado”.

Así, hace medio siglo, comienza la lucha por la justicia en nuestro Nuevo Mundo.

Tomado de Servicios Koinonía: Pedro Trigo, "El sermón de Montesinos como acontecimiento: Condiciones de posibilidad y consecuencias" - Revista Latinoamericana de Teología (RELAT) 418. [http://servicioskoinonia.org/relat/418.htm#_ftn1]

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