Reflexión del Texto: “La fe que ama al Resucitado”

            No ha sido suficiente para los discípul@s el testimonio de María Magdalena sobre su encuentro con el “Señor”, quizás la trágica muerte pesa todavía sobre la pequeña comunidad y, con ella, el derrumbe de aquellos sueños y utopías que siempre sirven para seguir andando. Se suma el temor a la persecución de las autoridades del momento (vers. 19), miedo que los lleva al encierro, quizás también escondidos y negados a continuar.

            El hecho real nos traslada a una situación existencial: el encierro en el que caemos por diversas razones y que nos hace indefensos, inseguros, ocultando aquello incluso que tenemos como el tesoro más preciado que muchas veces hemos compartido con naturalidad. También es reflejo de nuestra realidad de fe: dudas, caídas, vacíos y miedos que forman parte del proceso de la misma fe. En definitiva, al igual que l@s discípul@s de la primera hora, a veces nos atrapa el mundo exterior hostil y el incómodo estado interior necesitando una salida (o apertura?) más allá de la acotada situación. ¿Reconoces estar así en momentos de tu vida y vida de fe? ¿Qué estrategias buscas para salir o desprenderte de tal situación?

            Hay un segundo momento en el texto y es la aparición de Jesús resucitado con el saludo de la paz. Todo cambia desde el momento en que el aparecido es el centro, como punto de referencia, fuente de vida y factor de unidad. El miedo es vencido con el saludo de dicha paz pascual, ahora el sentimiento que predomina es el gozo. Acertadas palabras las del Papa Francisco cuando dice que quienes se dejan salvar por Jesús son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento…No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase…Al que arriesga, el Señor no lo defrauda. La paz dada por Jesús (tres veces) es una invitación a la alegría que llena el corazón y la vida entera, por eso no es la paz que lleva al reposo, ese estado de quietud egoísta que suele tener nuestra fe.

Y las manos y su costado, pruebas de su pasión y muerte, son ahora los signos de su amor y de su victoria: el que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz. El Señor los lanza a la misión, el soplo del Espíritu los hace nueva comunidad, y su alegría es signo de la presencia del resucitado. Nuestras comunidades no deben vivir en una permanente cuaresma sin Pascua, la alegría se comunica porque ha sido fruto del encuentro con el Resucitado.

Pero Tomás llamado el Gemelo no estaba en ese momento, y el testimonio de la comunidad no le alcanza para creer. Es el incrédulo que pide pruebas, sus frases redundantes con su repetición de palabras (sus manos, meter mi dedo, meter mi mano) muestran su testarudez. ¿Qué es lo que busca o quiere el Apóstol? ¿Es falta de fe o de amor? A veces somos así de exigentes pidiendo milagros inmediatos y extraordinarios que tienen que ver más con la satisfacción de la curiosidad que con el crecimiento de la fe. Para el evangelista Juan el gran pecado es la falta de amor. Y en esto consiste también la incredulidad, el que no ama no cree.

            La duda y el desánimo (incredulidad) son vencidos con una segunda presencia corporal de Jesús en la comunidad. Tomás, en medio de la comunidad podrá ver a Jesús y profesar su fe. Lección para nosotros también sobre la valoración de la comunidad a la que pertenecemos y debemos estar en comunión. No puede ser que cuando la comunidad me corrige o cuestiona me borro, me separo. Tengo que soportar la compañía y acompañamiento que los demás me hacen, porque es para mi bien. Es bueno creer en los hermanos y hermanas de comunidad, confiar en ellos y apoyarse en el camino de la vida cristiana. El reproche de Jesús a Tomás lo pronuncia con una bienaventuranza, y es para todos los que ya no podrán ni verlo ni tocarlo y tendrán, por ello, que descubrirlo en la comunidad y notar en ella su presencia siempre viva.

Un aspecto también interesante es la invitación de Jesús a Tomás, la de tocar las llagas (vers. 27), símbolo de su debilidad, la marca de su derrota por parte de los poderes de turno, la señal de su impotencia frente a esos poderes. ¿Qué deducimos de ello? Repito la reflexión del P. Guillermo Mariani: La transparencia de nuestras llagas permite que nos crean, pero también da la posibilidad de rehacerse de los tropiezos y comenzar nuevos caminos. Es necesario el reconocimiento de nuestras limitaciones para compartir con los otros la responsabilidad de superarlas. De la transparencia de nuestras acciones, del reconocimiento de nuestros errores, de la humildad de permitir que nos pongan el dedo en la llaga, depende en gran forma la autenticidad del mensaje evangelizador de la Iglesia y de cada un@ de nosotr@s.

Nos vemos la semana que viene…

Mario Bússolo – cmf