En las grandes ciudades, particularmente en Roma, la pregunta “¿cómo ser misioneros” y “cómo anunciar la alegría del Evangelio”? luego de las llamadas apasionadas del Papa Francisco, está en el corazón de muchos. Las nuevas plazas son escenarios nuevos y nuevos desafíos. En nuestra más que secular presencia en S. Lucía del Gonfalone, una iglesia ubicada en el centro histórico de la ciudad, los misioneros claretianos han seguido y acompañado los diversos momentos de la historia de la iglesia romana. Pero en el impulso que la Congregación ha dado para volver a los orígenes, hemos sentido la necesidad de volver a la Palabra. “En principio la Palabra”. Dejarnos educar por ella y dejarnos conducir para cada propuesta pastoral.

El contacto constante con la Palabra es la experiencia fontal para toda elección y para cada lineamento pastoral. La hemos visto como fuego, la hemos sentido como martillo, la hemos experimentado como desierto árido y como una pasión que consume. Durante la lectura nosotros nos hemos sentido verdaderamente leídos por la Palabra. Nos hemos descubierto distraídos, replegados sobre nosotros mismos. Los ruidos ensordecedores de nuestros días han sido aplacados por la Palabra Divina. Los silencios insoportables, colmados por la Presencia de Aquel que ha caminado misteriosamente con nosotros.

Como a los discípulos de Emaús, hemos escuchado la pregunta: “¿De qué estaban hablando mientras venían de camino?” (Lc 24,17). La pregunta de Jesús se transforma necesariamente en la pregunta de la vida. “¿Qué es lo que anhelas? ¿Qué es lo que buscas?” La experiencia de la escucha nos ha hecho revivir el proceso de cambio de los dos discípulos. Del camino triste y el desconsuelo nos hemos sentido llamados a volver, gozosos y llenos de esperanza, a la comunidad. A testimoniar al Viviente entre los pobres y sufrientes. Es justo la escucha que transforma al lector en discípulo, incansable servidor de Cristo en los pobres. Sólo la escucha enseña a escrutar, a ofrecerse a sí mismos, a perderse en el servicio.

Hemos experimentado también que acudir al encuentro de los pobres es por momentos frustrante. Jamás somos capaces de dar completamente todo lo que te piden. Nada es adecuado: los medios, las cosas, el tiempo, el dinero. El Centro de escucha, en medio de su agitación y confusión, se transforma en una práctica permanente del itinerario que da sentido a la propia vida. Escucha – Servicio. Perder la propia vida para encontrarla. La experiencia vivida evidencia las constantes en la historia de cada llamada: Palabra Misión. En estos años he experimentado en la piel cuán importante sea una disponibilidad radical. La única vía para un contagio verdadero. “Tocar la carne de Cristo en los pobres”. Muchas veces el Papa Francisco, con pasión, ha transmitido su deseo: “Cuánto quisiera que esta ciudad, en todo tiempo saturada de personas llenas del amor de Dios, pudiese brillar en la “pietas” por los sufrientes, en la bienvenida a quien huye de la guerra y la muerte, de la sonrisa y magnificencia de quien ha perdido la esperanza”.

Una prueba para entender cómo caminamos, nos lo ofrece siempre el Papa. Con lenguaje profético y provocativo ha dicho a la iglesia de Roma, antes de un espectáculo en el cual había actores y pobres. Cuando “entrando en una iglesia, sobre los escalones, encontramos un pobre, deberíamos arrodillarnos, como nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento”. Éste es el punto. Debemos aprender a pasar del fastidio, del trastorno que sentimos porque siempre tiende la mano, a la adoración del Misterio. Adorar una Presencia. “Yo tenía hambre…” Sólo cuando esa Luz te envuelve, surge la disponibilidad interior: “Aquí estoy. Envíame”.

 

Franco Incampo CMF

Iglesia de S. Lucia al Gonfalone – Roma