“Cada uno carga con su alma y con su cruz, para dar batalla en las tormentas

Cada uno carga con las sombras y  la luz, tras de los espejos que se enfrenta

Y en la brevedad de la eternidad cada hombre elige su destino

justo en el umbral donde el bien y el mal,  echan a la suerte los caminos”

El umbral-Tabaré Cardozo

La vocación

La vocación de Jesús, el llamado que nos hace, es para el Reino. Es decir, su propuesta es que seamos fieles a un estilo de vida coherente con los valores que propone Dios para una vida plena. El Reino (reinado) de Dios en medio del mundo implica un Señorío del Dios de la misericordia (amor cordial) para una fraternidad universal entre todos los seres vivos, incluida la propia madre tierra.

Y este llamado es exigente. Es radical. No tiene retorno, es decir, de él no se vuelve. Recordemos los textos bíblicos tanto del antiguo como del nuevo testamento que hablan de la vocación. Y reconoceremos que además la vocación implica muchas veces, dolor, sacrificio, renuncia y sufrimiento. La felicidad propuesta por el seguimiento no tiene nada que ver con la felicidad que propone el mundo. No tiene nada que ver con riquezas, seguridades, vínculos y afectividades restringidas, egoístas, conservadoras, asfixiantes o mezquinas. Y esto se aplica tanto a las personas como a las instituciones creadas por estas.

Entonces, aunque el discernimiento vocacional sobre si mi llamado es a la vida religiosa o a la vida laical es importante, éste adquiere toda su potencia y su verdad cuando lo realizamos a la luz de las exigencias más básicas del evangelio. El texto de Lucas 6, 36 “Sed misericordiosos, así como vuestro Padre es misericordioso” nos ayuda a hacer hincapié en lo más esencial y por ello lo más radical del llamado: las obras de misericordia para con los apaleados y arrojados a la vera del camino. Quedarse con aquél discernimiento sin hacer ésta opción primordial por el Reino y sus valores es, para decirlo sin rodeos, antievangélico.

Porque sin lugar a dudas, tal como se plantea generalmente la cuestión vocacional, parece ser que lo importante es el ministerio y no la vocación en sí. El cuestionamiento y la interpelación que nos hace Dios a través de la vida de Jesús es mucho más radical: ponerse del lado de los poderosos y opresores de la historia o al lado de los pobres, con los sufrientes de Yavhé, con las víctimas de la historia. Esto no es sólo una opción de clase (que también lo es y sin dudas la incluye); es sobre todo una opción fundamental (vocacional), de tipo personal pero de profundas implicancias sociales y, en última instancia, también teológicas. Es, en definitiva, la opción que estructura nuestra espiritualidad más profunda.

En este sentido, cada vez que oremos por las vocaciones roguemos por todos nosotros, los y las cristianas del mundo, para que habiendo puesto nuestra mano en el arado no volvamos nunca la vista atrás. O para otro lado, al encontrarnos con los heridos del camino.

 

Sebastián Vergara

Laico Claretiano