La capacidad de las personas para superar las dificultades de la vida y ser testigos del amor incondicional de Dios me ha impactado, una vez más, a inicios del 2016. Durante casi diez años, religiosos y religiosas, miembros de distintas Congregaciones, de diferentes partes del mundo, han vivido y trabajado juntos en Sudán del Sur ayudando a la gente a construir una sociedad justa y saludable. A través del establecimiento de los Institutos de formación de enseñanza y de enfermería y de la creación de programas pastorales que respondan a las necesidades del pueblo que sufre, en una sociedad donde la incertidumbre y el conflicto son una realidad cotidiana, los miembros de “Solidaridad con Sudán del Sur” mantienen una presencia testimonial de “unidad en la diversidad”; un mensaje importante en un país desgarrado por conflictos étnicos.

Si bien su presencia continuada en Sudán del Sur, más allá de esta incertidumbre, es expresión de una disponibilidad para estar con los más necesitados, algo que brota de la identidad profesional, fueron los acontecimientos ocurridos en Yambio, durante la noche del 28 de diciembre de 2015, los que, de modo sorprendente, hablan de la Misericordia sobre la cual el Papa Francisco nos anima a reflexionar en la Iglesia. El siguiente extracto de un correo electrónico que he recibido lo dice todo:

“Anoche, en Yambio, cuatro hombres del grupo rebelde vestidos como soldados entraron en nuestra casa en Yambio. Robaron los teléfonos y ordenadores de tres de las hermanas, algo de dinero y dos vehículos. Una hermana fue violada y un vigilante golpeado pero no hubo muertos. La hermana Margaret Scott, directora del Instituto de Formación Docente en Yambio, ha tomado un avión hacia Yambio esta mañana. Por desgracia, la economía está mal manejada aquí y hay mucha gente con hambre, desesperada por alimentos. Por eso hacen cualquier locura. Todos sabemos que vivimos al límite del peligro pero esto es lo peor que podía pasar. Estamos dando a los de Yambio la opción de salir de allí. A pesar de la terrible situación de violación, no obstante eso, la mayoría, si no todos, quieren quedarse allí y continuar con el servicio”.

Desde mi perspectiva, la capacidad de considerar siquiera la posibilidad de permanecer en semejantes circunstancias, tanto de la hermana que fue violada como sus compañeras, dice mucho acerca de la llamada que recibimos como religiosos. Una llamada que encuentra su expresión en las palabras del profeta Miqueas: “¿Qué te pide el Señor? Que vivas con justicia, que ames con misericordia, y que camines humildemente con tu Dios”.

Ellas han demostrado una capacidad mirar desinteresadamente más allá de sus reacciones puramente humanas ante una experiencia tan traumática. En lugar de huir y buscar su propia seguridad, expresaron el deseo de permanecer donde están, con la gente a la que sirven.

Pese a que no todos nosotros estamos llamados a exponernos a semejantes peligros, la realidad nos recuerda los valores que deberían formar parte de nuestra vida de bautizados, cuando nos encontramos lastimados y confundidos por la conducta de otros. En lugar de darnos por vencidos ante quienes nos han ofendido o lastimado, necesitamos intentar permanecer abiertos y comprometidos con el servicio que busca sanar y mejorar la situación.

 

Fr. Paul Smyth CMF

President of “Solidarity with South Sudan”

[http://www.solidarityssudan.org/]