Los momentos inolvidables.

  • Texto Bíblico: Mateo 17, 1 – 9. Domingo 18vo durante el año. (6-8-2017)

Los discípulos han escuchado, de la boca de Jesús, el final de su vida. Ahora, tres de ellos, serán testigos de una experiencia fundamental de su Maestro, la Transfiguración.  En el bautismo y las tentaciones Jesús siente la presencia de Dios que lo llama a una misión que se convierte en un programa de vida asumido muy personalmente. Ahora siente que el mismo Dios confirma su decisión de continuar, expresándole su amor: “éste es mi Hijo querido, mi predilecto, escúchenlo”.

Pero también es, para los discípulos que estaban con él como para los futuros seguidores, la invitación a poner como centro del compromiso misionero al Hijo de Dios, enviado como Mesías sufriente. Por ello las palabras que vienen de lo alto: “escúchenlo”.

No somos ajenos a estas experiencias quienes hemos entendido que toda vida humana es bendecida por Dios. Él nos sorprende con manifestaciones únicas e inolvidables por su incidencia en la historia personal. Pudiéramos decir que las transfiguraciones vividas pertenecen a “otro tiempo” que irrumpen en el “tiempo ordinario” con el fin de producir un contraste, un desequilibrio, un llamado de atención, un impulso a cumplir lo que nos hemos propuesto como objetivo supremo en sintonía con el querer del mismo Dios.

Volviendo al texto, el rostro resplandeciente de Jesús y su ropa blanca como la luz resalta la transformación producida, la profundidad y la integridad del cambio operado, y que da la capacidad y decisión para realizar lo revelado por Dios. ¿Viviste momentos o tiempos con estas características? Son momentos gratificantes donde nos sentimos empujados hacia adelante o confirmados en nuestros propósitos más importantes por una fuerza que da seguridad o una luz que da total claridad imposible de negar o renunciar.

Jesús acepta, con ello, el sufrimiento agregado en dicho compromiso, pero comprendido como consecuencia de su misión; a propósito de esta afirmación una vez leí que “el sufrimiento es insoportable cuando se marcha hacia el abismo y se hace tolerable cuando se está persiguiendo una causa prometida, una cumbre. Que la misma vida tiene sentido e intensa alegría cuando se sabe a dónde se va y porqué, que la fe necesita de los encuentros con Dios para fortalecerse y no perder conciencia de los objetivos planificados en la vida, y que la misma es una actitud de transformación de la realidad: de liberar al pueblo de los ídolos que ahogan su vida”. Es una propuesta a asumir el comprender así el dolor que vivimos muchas veces, y que a veces evitamos desesperadamente.

El mismo Pedro propone hacer tres chozas en el lugar de revelación (cfr vers. 4). El miedo lo lleva a no continuar, a querer interrumpir la marcha de la historia y refugiarse en la fascinación del acontecimiento, quedarse en permanente adoración. No podemos “desligarnos” del dolor humano que acontece diariamente en la llanura. Cualquier experiencia religiosa no puede detenerse eternamente en la adoración sin pasar por la transformación, por la lucha, por la adversidad. No podemos huir siempre del imperativo que manifiesta dicha revelación, es necesario abrirse al trabajo creativo y forzoso que implica hacerse cargo de la misión que tiene nuestra existencia: la revelación no era excusa para la evasión.

Confirmo lo dicho por otro autor en la misma línea: “La fe cristiana es una actitud netamente transformadora de la realidad, tanto de uno mismo como de la realidad circundante. Lejos de ser una fe que “cree en Dios y en el más allá”, es una  actitud que pone en movimiento todo un proceso de cambio de acuerdo a la voluntad salvadora de Dios. No separemos la fe de las necesidades de los pueblos, no separemos la fe de la política, no separemos la fe de la historia…la fe es un compromiso con toda la humanidad para que una situación cambie. Además, es correcto desde nuestra fe asumir como propia la transformación de toda situación injusta, de toda realidad y persona, cuyo símbolo es Jesús transfigurado y resucitado.” Por ello se desciende de la montaña para regresar a la llanura y cumplir la misión de dicha transformación humana y social.

No es un detalle este movimiento que sugiere la geografía del texto, un ascenso y un descenso que se convierte en una dinámica permanente que tiene que vivir todo discipulado, toda comunidad misionera, particularmente aquellas más proféticas por sus riesgos y dolores en el compromiso. Ascenso para celebrar y gozar de las manifestaciones “divinas”, para descansar y renovar fuerzas en la lucha, para evaluar contemplativamente la acción, para reinventar las utopías, para volver a decidir o confirmar la respuesta dada a Dios Salvador. Descenso para afirmar la fe en medio de la conflictividad, para anunciar el Reinado de Dios en la cotidianeidad y la adversidad, para trabajar esforzadamente en el proyecto que queremos construir, en definitiva, para dar la vida por aquello que hemos aprendido a amar hasta el último.

Mario Bussolo CMF

Argentina