El 24 de octubre es un día especial para nuestra Familia Claretiana. Hacemos una pausa en nuestras actividades de rutina, nos centramos en la vida de san Antonio María Claret y nos inspiramos para renovar el carisma que nos ha heredado. Debemos unirnos a él para dar gloria a Dios y ofrecernos sin reservas a la misión del Señor.

Les invito a tomarse un momento para contemplar la vida de nuestro fundador e imaginar qué pediría hoy a sus misioneros para ser fieles a la vocación misionera.

La definición del misionero, escrita por Claret en la Autobiografía (Aut 494), expresa lo que él espera de nosotros. Lo primero es que el fuego del amor arda en nosotros. Todo lo demás surge naturalmente a partir de ese fuego. Él ora con fervor para que así suceda: “Sí, Jesús mío, os pido amor, Amor, llamas grandes de ese fuego que Vos habéis bajado del cielo a la tierra” (Aut 446). Sin el fuego del amor, un misionero es como una locomotora o un barco sin el fuego y el vapor necesarios para moverlos (Aut 441).

Algunas de las iluminaciones espirituales profundas de Claret, descritas por él como aquello que el Señor le dio a entender, se refieren a nosotros, sus misioneros. Claret refiere a sus misioneros lo de los siete truenos que narra Apocalipsis 10,1. Ellos deben anunciar en voz alta la Palabra de Dios como un trueno e imitar a los apóstoles Santiago y Juan, los hijos del trueno, en el celo, la castidad y el amor a Jesús y María (Aut 686). Jesús reveló a Claret que no sería ni él ni sus misioneros, sino el Espíritu del Padre quien hablaría en ellos cuando proclamaran la Palabra de Dios. Por consiguiente, cada misionero podrá decir: “El Espíritu del Señor está sobre mí; me ha ungido y enviado a evangelizar a los pobres, a curar a los que tienen el corazón afligido” (Aut 687). De hecho, hoy deberíamos ser capaces de decir esto sobre nosotros mismos.

Este año jubilar de la Misericordia nos invita a “ser misericordiosos como el Padre” (Misericordiae Vultus 13). El amor por Dios y por nuestros hermanos y hermanas derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (CC 10) es el amor misericordioso del Padre. Nuestro Fundador experimentó la paz, la alegría y la armonía en su comunidad misionera y los frutos de su apostolado como una singular gracia de Dios en su infinita misericordia y bondad (Aut 609). Claret querría que celebrásemos el amor misericordioso de Dios en comunidad y que lo comunicásemos a todos nuestros hermanos y hermanas en nuestra misión, con la ternura y la compasión que hemos aprendido del Corazón de María.

Un mensaje importante que Claret recibió de Jesús y María para los misioneros fue el hecho de aprender la mortificación para que la misión sea más fructífera (Aut 684). En un mundo de consumo, que promueve el gasto y el consumismo, hablar de mortificación y de moderación es un tabú. Paradójicamente, si queremos ser testigos y mensajeros creíbles de la alegría del Evangelio, estos valores continúan siendo aún hoy unos de los más relevantes para nosotros.

Nuestro Fundador comprendió su vocación como un proceso de transformación en Dios. Él oró fervientemente por este cambio: “Con las palabras de la consagración, la substancia del pan y vino se convierte en la substancia de vuestro cuerpo y sangre. ¡Ay, Señor omnipotente! Consagradme, hablad sobre mí y convertidme todo en Vos” (Aut 756). La Santa Eucaristía, el pan transformado y partido para la vida del mundo, nos da la clave para entender el proceso de transformación que tiene que ocurrir en un misionero.

Esto me recuerda la historia de Tagore en Gitanjali. Un mendigo que pedía de puerta en puerta oyó que el Rey de Reyes, sentado en un carro de oro, estaba por pasar. Con un anhelo ardiente esperó a un lado del camino, pensando que la oportunidad de su vida al fin había llegado. El carro del rey se detuvo cerca de él y el rey se bajó, para deleite del pobre. No obstante, antes de que el mendigo pudiera hacer algo, el rey extendió sus manos pidiendo limosna. Confundido, el mendigo buscó en su bolso, sacó un grano de maíz y, de mala gana, lo colocó en la palma de la mano del rey. De vuelta en su cabaña, el pobre hombre vació su bolso en el suelo. Para su sorpresa, encontró un granito de oro entre el montón de limosnas. Lloró amargamente. ¡Si hubiera tenido el corazón para dárselo todo al Rey de Reyes, todo se habría convertido en oro!

Claret no retuvo nada para sí mismo, sino que ofreció todo su ser al Señor. No es extraño entonces que su vida se transformara en Cristo. Es este proceso de transformación que el Capítulo General XXV nos invita a abrazar. Debemos abrir activa y completamente todo nuestro ser a la acción transformadora del Espíritu Santo en la Congregación. ¡Les deseo una muy feliz fiesta de nuestro Fundador!

Mathew Vattamattam, CMF

Superior General de la Congregación