El Papa Francisco nos ha invitado a que vivamos un tiempo significativo en el cual hagamos experiencia de la misericordia de Dios. Ser testigos de su amor misericordioso en el mundo se convierte en una llamada que nos desafía como familia misionera.

El P. Claret ha experimentado el deseo de hacer felices a los hermanos como uno de los motivos que lo impulsaban a la misión1. Por tanto compartir con los demás aquello que da sentido a nuestras vidas implica colaborar para que todos y cada uno podamos encontrarnos personalmente con el Dios Padre-Madre de Jesús. Un Dios que es ternura y cariño, y que quiere la vida del mundo.

Nuestra felicidad de misioneros es el bien que podemos ofrecer y la alegría que esta actitud suscita. Alegría que contagia a las personas a quienes somos enviados, a aquellas otras con las que llevamos adelante la misión compartida, y que nos hace felices también a nosotros. Pues más allá de las limitaciones personales que nunca faltan ponemos lo mejor de nosotros mismos en el servicio que se nos ha confiado.

Ser testigos-mensajeros de la misericordia de Dios en nuestras comunidades se dice fácil pero nos lleva la vida. Hemos de conservar como un tesoro la llamada a vivir en clave de misericordia que nos hace Jesús y el deseo de ensanchar nuestro corazón a la medida del suyo (cf. Lc 6, 36).

Para lograrlo se hace imprescindible que frecuentemos la escuela de la Palabra y que aprendamos a contemplar la vida con la mirada de Jesús. Una mirada que nos haga capaces de percibir lo que viene de Dios y habitualmente pasa inadvertido. Una mirada que se conmueva ante el dolor y el sufrimiento de los demás; que no naturalice las distintas formas de violencia. Que rescate a nuestros hermanos de la exclusión y las injusticias, y que nos salve de la soledad.

Una pastoral vocacional en clave de misericordia ha de llevarnos necesariamente a los márgenes de la vida para contemplar desde allí la realidad y escuchar allí las llamadas que Dios nos hace. Hemos de planificar también nosotros una pastoral ‘en salida’ que no se ocupe sólo de los destinatarios conocidos; no basta una planificación de buenas intenciones que no alcanza a quienes, por distintas causas, se encuentran en los márgenes de la sociedad, de la Iglesia, de nuestras propias comunidades2.

Carlos Verga CMF
Prefecto de Pastoral de Jóvenes y Vocaciones