¿Qué tipo de vida consagrada reflejan los religiosos jóvenes del S. XXI?

Perfil de los religiosos jóvenes de hoy. Formación para la identidad y el crecimiento vocacional.

Don Pascual Chávez V., sdb

 

  1. Introducción

He sido invitado a  hablar de un tema que la Unión de los Superiores Generales ha afrontado en varias ocasiones, aunque sea con títulos diferentes, y en particular después del Congreso de los Religiosos jóvenes. La Asamblea de noviembre de 1997 cuyo tema era “Hacia el futuro con los religiosos jóvenes – Desafíos, propuestas y esperanzas”, ha tratado de comprender mejor la realidad de la nueva generación de religiosos. En noviembre de 2004, a raíz del Congreso Internacional sobre Vida Religiosa las dos Uniones – USG e UISG – procedieron a una ulterior reflexión dándole el título de “Pasión por Cristo, pasión por la humanidad”.

Sucesivamente, las Asambleas de la USG afrontaron otros argumentos: “Lo que está germinando” (mayo de 2005); “Fidelidad y abandonos en la Vida Consagrada” (noviembre de 2005); “Para una Vida Consagrada fiel” (mayo de 2006)“. Y en noviembre de 2010 en la USG se reflexionó sobre el tema “Vida Consagrada en Europa: compromiso para una profecía evángélica”, y se habló – aunque no exlusivamente – de los religiosos jóvenes.  Todo esto pone de relieve el esfuerzo enorme que la USG ha realizado para comprender mejor y acompañar la novedad que la vida consagrada en general está viviendo y, en particular, la vida consagrada encarnada por los religosos jóvenes.

Antes de entrar de lleno en esta reflexión, me parece oportuno explicitar una valoración axiológica previa, de tipo formal: la situación de los religiosos jóvenes ¿es problemática, hasta peligrosa, una situación de la que hay que defenderse o es más bien un kairós que, además de ser inevitable, representa un desafío fascinante para la vida consagrada brindándonos la posibilidad de ser fieles, de manera creativa, a Dios, a la Iglesia y a la humanidad?

La situación es seria y no lo niego, pero opino que deberíamos preferir la valoráción que acabo de enunciar ya que expresa la consecuencia de creer que el Espíritu Santo sigue presente y activo en nuestros Instituto, en nuestras Congregaciones y Órdenes, en nuestra Iglesia y en el mundo. Y porque, además, en éste como en muchos otros aspectos, se hace presente “la ley del péndulo”: nuestro tiempo subraya dialécticamente elementos que inexplicablemente, pero injustamente, en el pasado hemos descuidado.  De nosotros depende, ahora, con la ayuda del Espíritu Santo, encontrar su justo equilibrio.

Quisiera sintetizar en tres rasgos las motivaciones principales que impulsan a los jóvenes, aunque sea con acentos diferentes, a buscar la VC, es decir las motivaciones de los consagrados jóvenes:  la búsqueda de la experiencia profunda de Dios, que no siempre está unida a la vida de oración; el deseo de comunión, que no siempre está acompañado por los anhelos de vivir en comunidad; la  entrega a la causa de los pobres y marginados, no siempre vivida en sentido institucional.

Estas caractéristicas se unen a menudo a la fragilidad psicológica, a la inconsistencia vocacional y a un marcado subjetivismo.[1]

Los grupos de trabajo y la Asamblea de la USG, de mayo de 2006, además de los elementos que acabo de enunciar y que caracterizan a los religiosos jóvenes (la historicidad, la libertad, la experiencia y la renuncia) han indicado otros aspectos antropológicos considerados como imprenscindibles para una vida consagrada que quiera ser plenamente humana y, por consiguiente, creíble, es decir: la autenticidad, las relaciones interpersonales y la afectividad, la postmodernidad y el multiculturalismo.

Un aspecto que no apareció en absoluto hace diez años y que hoy no sería oportuno dar por hecho es la virtualidad. Dicho aspecto ha adquirido una importancia de tal calibre que puede ser considerado un megatrend en nuestro mundo, y en particular en el mundo de los jóvenes.  No se trata de un problema de los “media”, cada vez más soofisticado, sino de un problema de  comunicación, de encuentro personal e interpersonal, y que en la vida religiosa se va haciendo cada vez más presente en dos campos importantes: comunitario y apostólico. Sin embargo, se trata de una realidad nueva, compleja, ambivalente y, sobre todo, tan abierta al futuro, que ahora es imposible proceder a una evaluación de tipo crítico.  Es suficiente recordar que en el momento de la Asamblea de la UsG de mayo de 2006 prácticamente no existían Facebook, Twitter, WhatsApp, Instagram, Snapchat….

Sin duda, como ya dicho respecto a los otros aspectos antropológicos, la  “virtualidad” en la comunicación, es decir esta realidad totalmente nueva y hoy omnipresente entre los jóvenes[2], nos lanza oportunidades y desafíos en nuestra vida consagrada cotidiana. Dicho con palabras algo irónicas: es posible que para un joven de hoy la renuncia que la vida religiosa conlleva (obediencia, castidad, pobreza, etc.) sea menos fuerte que tener que renunciar al ‘tablet’, al celular, a  ‘facebook’, ‘twitter ‘, whatsApp’.[3]

Este cuadro antropoógico refleja la situación de los Institutos de reciente fundación y de antiguas Congregaciones, como también de las Órdenes monásticas y eremíticas.  Además, aunque lo que más nos interesa en este momento sea la generación de los jóvenes, es evidente que este cuadro no se refiere solo a ellos: la posibilidad de una pobre identificación con la vocación a seguir a Jesús no es exclusiva de este grupo, es decir de los religiosos jóvenes,, sino de todos los consagrados.

Estos interrogantes y estos retos, que son fruto de las experiencias de cada Insituto, piden reflexionar, incentivar y vislumbrar respuestas.

Se me ocurre pensar en este momento al mito de Ulises, que de alguna manera representa las ganas que la humanidad tiene de aventura y exploración, el intento que todo ser humano hace de conocer lo que se esconde detrás de tantos misterios que nos envuelven.  Se dice las Sirenas, encantadoras y demoniacas habitantes de una isla a occidente de las grandes aguas, mitad mujeres y mitad pájaros, con el embrujo de sus cantos, seducían de manera irresistible a los navegantes que tenía que pasar por aquel estrecho de mar.  Y las Sirenas los hacían morir todos contra los escollos.  En su viaje de retorno, Ulises tapó con cera los oídos de sus compañeros, para que no oyesen a las Sirenas y no se dejasen seducir.  Él se hizo atar al mástil para poder escuchar la voz si por ello subir las consecuencias desastrosas. Orfeo, por el contrario, entonó un canto más melodioso que encantó a las Sirenas, dejándolas mudas y de piedra.

He aquí una primera indicación que hay que asumir: para afrontar con un cierto éxito los retos de la falta de vocaciones o de la vida de nuestros religiosos jóvenes, no funciona el “taparnos los oídos” o “atarnos al mastil”, medidas externas o disciplinarias que, en lugar de ayudar a que la VC atraiga y de asegurar una mayor identidad, pueden provocar posiblemente lo contrario, es decir intensificar la tensión psicológica, una especie de desequilibrio inducido desde fuera. Es necesario ayudarnos y ayudarlos a encontrar la propia melodía desde dentro, a encontrar las motivaciones más pujantes para que tengan el valor de comprometerse de lleno y vivir a fondo la vocación.

  1. Identidad carismática e identificación de los religiosos jóvenes

En nuestra reflexión nos detenemos, principalmente, en el contexto europeo occidental.  A pesar de que el número de religiosos sea poco relevante, es decisiva su importancia para la vida relgiosa del futuro.  Se entiende, pues, que en este contexto una de las mayores preocupaciones de las congregaciones religiosas sea la angustia ante el futuro, angustia vivida como una verdadera enfermedad de la fe.

Esta situación atañe casi toda la vida consagrada en Occidente, así que no es posible atribuirla solo a las dificultades de algunos Instituos.  Las pruebas y los retos de la vida consagrada son un llamado de Dios: “Las dificultades y los interrogantes que hoy vive la vida consagrada pueden traer un nuevo kairós, un tiempo de gracia. En ellos se oculta una auténtica llamada del Espíritu Santo a volver a descubrir las riquezas y las potencialidades de esta forma de vida”[4]. “En un ambiente cotaminado por el laicismo y subyugado por el consumismo, la vida consagrada, don del Espíritu a la Iglesia y para la Iglesia, se convierte cada vez más en signo de esperanza, en la medida en que da testimonio de la dimensión trascendente de la existencia”[5].

Es cierto que las situaciones varían y mucho de una a otra congregación, sin embargo hay rasgos que son comunes y que parecen caracterizar el talante de la nueva generación de consagrados.

Hablaremos aquí de tres grandes “ámbitos vitales”, que inciden considerablemente en la identidad y crecimiento vocacional de los religiosos jóvenes de Europa occidental, que los caracterizan y que tienen que ver con sus pertenencias fundamentales: la sociedad, la congregación y su propia generación.[6]

  • La Sociedad

–        Ambiente general

Por lo menos en su mayoría, los religiosos jóvenes europeos están acostumbrados a vivir en un ambiente social donde la fe cristiana no es una opción mayoritaria y, a veces, ni siquiera socialmente apreciada.  Me atrevería a decir que para ellos es  más natural y menos angustioso que para nosotros, porque es el único contexto cultural que han conocido.  Así que no es bueno, porque no les hace ningún bien, contarles una y otra vez cosas de un mundo que ya no existe o de tiempos de grandeza de nuestros Institutos, por el número de miembros y la relevancia social de las obras.

Nuestra sociedad es tolerante y cada cual puede hacer lo que quiere con su vida.  Así que, en general, se respeta la opción por la vida religiosa, sin embargo es dificil que se la considere como algo precioso y, por consiguiente, como una opción apreciada, y pro seguro que no suscitará ni admiración, ni envidia, sino ¡lo contrario!

Y esto hace que este tipo de opciones se haga en el silencio, secretamente, con una enorme discreción, casi en soledad.  Y una vez que la decisión ha ido madurando, el ambiente circundante sigue siendo indiferente y ajeno o, a veces, hostil. Es interesante notar que es posible hablar públicamente  del proyecto matrimonial o de la opción por el voluntariado; la opción por la vida consagrada se convierte en un hecho privado, que suscita incomprensión y enfrentamiento cultural.

–        Familia y amigos

Si el contexto social no es favorable, no mucho difiere la situación con la familia y con los amigos.  La familia no garantiza el apoyo; a menudo la oposición llega de la familia misma, aunque se considere una familia cristiana, y esto puede producir chantajes afectivos y exageradas extorsiones que son realmente vergonzosas.

Puede, asimismo, ocurrir que la comunidad cristiana o el grupo de pertenencia, no apoye esta opción, o que la cuestione. “Pero, ¿por qué quieres hacerte religioso, si aquí puedes hacer mucho más, sin tantos condicionamientos, sin cambios de lugar y de trabajo?”

Por último, entre los amigos, va a ser difícil encontrar acogida y comprensión para un proyecto de vida fruto de la “seducción de parte de Dios”, como Jeremías (Jr 20,7), que lo hacia sentir solitario sin la compañia de gente que se divertía (15,17).

–        Efectos sobre la auto-comprensión, la identidad y el crecimiento

No cabe duda de que iniciar el camino de la vida religiosa en un ambiente social desfavorable, a veces adverso, conlleva el vivir solos y actuar contra-corriente, empujados, casi, solo por la gracia de Dios que hace sentir su llamado y hace comprender que esta vocación es como una bendición.

Con este telón de fondo tan discordante, el religioso joven tiene que confrontarse con estas dos realidades: por un lado la incomprensión y la oposición social y por el otro el gozo y el encanto del llamado.  Estos dos elementos son componentes esenciales de su experiencia y factores co-presentes en su auto-comprensión: el joven se siente fuera de su contexto y, al mismo tiempo,  siente con fuerza la presencia de Dios.  Esta contradicción, que se vive siempre, lamentablemente no siempre se percibe y se afronta y, a menudo, lleva a los cohermanos jóvenes al fomento de una motivación que, en definitiva, es solo una simple auto-afirmación ante sus seres queridos.  Y ¡claro está! con estas motivaciones al final cederán ante el canto de las sirenas.

En el crecimiento de la vocación, el cohermano joven, no tendrá que tender solo a su auto-realización.  No se trata de centrarse en sus potencialidades individuales o en la auto-estima; este camino está centrado en el ‘yo’, mientras que los retos vienen de fuera.  El joven tendrá que tender a la integración de la doble y contrastante experiencia de la incomprensión y presión social y del gozo y de la atracción vocacional.  Y esto es posible solo si es capaz de desarrollar la melodía de su corazón.

Aquí estamos ante una ‘palabra-clave’ que se ha ido adentrando y reviste gran importancia también en la vida consagrada: la búsqueda de la realización personal. Se trata de un aspecto que no es posible ignorar, y que es fuente de malentendidos y hasta de frustraciones, especialmente entre los cohermanos jóvenes.

¿Acaso no es verdad que, además de la triple motivación esencial de la VR y consagrada  – lo absoluto de Dios / el seguimiento y la imitación de Cristo / la salvación del mundo[7] –, actualmente se subraya, por lo menos de manera implícita, la preocupación por la realización personal?  Nos puede resultar fácil ignorar y hasta querer excluir este aspecto, como expresión de egoismo individualista y de un  insano ‘psicologismo’ individualista.  Sin embargo, si leemos con atención el Evangelio, no encontramos nunca de parte de Jesús un de esta pretensión. Jesús indica el camino para alcanzar esta realización.  ¿No es acaso significativo el que a menudo olvidemos que las Bienaventuranzas no son normas morales o religiosas, sino promesas de felicidad?

En lugar de rechazar o anatematizar, es preciso discernir y aclarar:  la búsqueda de realización personal en la VC es válida y plenificante solo cuando se trata de una realización en Cristo,  indisolublemente unida a los tres aspectos esenciales, arriba citados, de la fenomenología de la vida religiosa.  Es evidente que aquí la comprensión y la puesta en práctica del condepto de idoneidad vocacional desempeña un rol decisivo, porque permite integrar ambas dimensiones, la objetiva y la subjetiva.

Uno de los aspectos más fascinantes cuando se contemplan a los grandes santos es ver cómo han llegado a ser personas realizadas y felices.  Si estamos llamados a ser, como dice Vita Consecrata, una “terapia espiritual” para el mundo de hoy, y queremos profundizar en el “significado antropológico’ de los consejos evangélicos, no podemos ignorar esta dimensión.  Estas actitudes deben ser, también a nivel humano, radiantes y atrayentes, expresión de madurez y plenitud, que puedan devolver encanto y belleza a la vida consagrada (cfr. VC 87-91)

  • La Congregación

Una vez que se ha inciado el camino de vida consagrada, el ambiente interne de la congregación ejerce un mayor influjo sobre la vida de los jóvenes religiosos y constituye la fuente de sus gozos y de sus preocupaciones.  A veces se les pide que vivan y hagan lo que los cohermanos que les han precedido han vivido y hecho.  Y esto no es justo; y, además, por sentido de reciprocidad habría que pedir a los mayores que traten de ponerse en el lugar de los jóvenes.

–        El peso de las estructuras y de las obras

Una de las realidades que produce mucho malestar entre los religiosos jóvenes es darse cuenta de que se les echa encima el peso de las obras que hay que llevar adelante, prestando una escasa atención a la evangelización, con poco espacio para dar respuesta a las nuevas necesidades pastorales, y con un empeño insuficiente para responder a los retos de hoy. Esto no quiere decir que los jóvenes estén en contra de las instituciones, sencillamente ponen el dedo en la llaga.

Esta preocupación que hoy prevalece con relación a la gestión de los obras puede, lamentablemente, conllevar la pérdida del verdadero patrimonio que se transmite y hereda y que no se reduce a un capital que hay que custodiar, sino que es una carisma que hay que acoger, una espiritualidad que hay que vivir, un espíritu que hay que expresar, una misión que hay que realizar.  Se experimenta la ausencia de esperanza y la pérdida de vitalidad, por la gestión de las obras que se vive como algo agobiante.

–        La piramide de las edades

Otra realidad que preocupa es la piramide de las edades de la congregación, que resulta casi siempre estar invetida; hace sentir a los jóvenes que son pocos y que deberían cargar sobre sí las dificultades del envejecimiento.  Esto dificulta comprender cómo ser y vivir como religioso joven.

Si no gestionamos las obras de otro modo, si no volvemos a diseñar las presencias, si no disminuimos los compromisos no hay perspectiva de futuro, no hay espacio para lo nuevo, no hay posibilidad de asumir de manera responsable la misión, no hay esperanza para los religiosos jóvenes.  No les pesa esta transición que no parece acabar nunca, sino el estancamiento que no sabe detectar una estrategia para superar estos problemas, provocando entre tanto un cierto pesimismo.

–        El rostro institucional de la fragilidad

Los jóvenes son pocos, deben cargar con el peso de la institución que los supera y a menudo enfrentarse a su propia fragilidad, que se hace patente en las salidas, a veces clamorosas e inesperadas, y en la necesidad de recurrir a terapias psicológicas, cada vez más.

Las salidas no son tantas como en años anteriores, también porque los números no lo permiten, pero aún siendo pocas producen un verdadero terremoto.  Las salidas de los amigos platean una vez más el interrogante radical sobre la vida.  Algunas salidas son previstas; otras, por el contrario, son inesperadas.  Se deciden sin que los formadores lo sepan, fuera de cualquier tipo de acompañamiento y de discernimiento y por ello crean malestar en el ambiente.

Estas salidas parecen despertar, una vez más, todas las incertidumbres de la sociedad ante la vida consagrada: ¿qué sentido tiene esta vida? ¿cuál es su futuro? ¿dónde encontrar la alegría para vivirla?

A las salidas hay que añadir las situaciones de otros jóvenes religiosos que están siguiendo una terapia psicológica y que hacen pensar a la propia “normalidad”, sobre todo cuando algunos de estos casos van acompañados de la “dispensa temporal de los votos”.

Es natural que estos elementos fomenten el sentido de deblidad y fragilidad de los religiosos jóvenes, que necesitan cercanía, comprensión, cariño, pero también claridad, acompañamiento, propuestas explícitas y metas precisas que alcanzar en el camino personal, metas indicadas por formadores y superiores.

–        Las expectativas de la Congregación

La Congregación, queriendo hacer proyectos con claridad y certidumbre de cara a su futuro, tiene la tentación de dar a entender que todo es prioritario.  Y una de las señales para indicar la prioridad de una opción está en dedicar personal joven al sostenimiento de la opción que ha hecho.  Y se quiere que los religiosos jóvenes tomen parte en reuniones y eventos de todo tipo.

Además cuando se habla de opciones y de temas decisivos respecto al futuro, como por ejemplo la realidad de las vocaciones, las periferias, la refundación o la vida comunitaria, la mayoría de los religiosos no se siente con fuerzas como para comprometerse en ello, y dice que estas cosas son para los jóvenes.

Otras veces, sin conocer a los religiosos jóvenes,  se confía del todo en ellos, sin conocer su preparación, identidad, historia, capacidad de aguante, o al revés, no se cree para nada en ellos.

Es evidente que no es ésta la mejor forma para integrar en el cuerpo de la Congregación a los que acaban de llegar.  Los religiosos jóvenes quieren aprender a seguir a Cristo en la Congregación, acompañados por los mayores, y desean que se los tome en cuenta a la hora de tomar decisiones que tienen que ver con su futuro.

  • La propia Generación

Hay que preguntarse si en el contexto de Europa occidental existe o no una  “generación” de religiosos jóvenes en las congregaciones.  En realidad, no es fácil hablar de “generación”, cuando los números de los nuevos religiosos son tan reducidos y las diferencias de edad y de “background” de cultura, familia y religión son tan enormes que a veces piden itinerarios de formación muy diferenciados.  Por otro lado hay una una generación de jóvenes religiosos y es importante ser conscientes.

–        Proximidad con los valores imperantes en la sociedad

Como religiosos, todos compartimos valores, formas de vida, mentalidad, maneras de sentir de la sociedad de consumo a la que pertenecemos, más de lo que imaginamos o que estamos dispuestos a aceptar.  Los jóvenes son más claramente conscientes de esto.  Así se expresa la exhortación “Junto al impulso vital, capaz de testimonio y de donación hasta el martirio, la vida consagrada conoce también la insidia de la mediocridad en la vida espiritual, del aburguesamiento progresivo y de la mentalidad consumista. La compleja forma de llevar a cabo los trabajos, pedida por las nuevas exigencias sociales y por la normativa de los Estados, junto a la tentación del eficientismo y del activismo, corren el riego de ofuscar la originalidad evangélica y de debilitar las motivaciones espirituales. Cuando los proyectos personales prevalecen sobre los comunitarios, pueden menoscabar profundamente la comunión de la fraternidad”[8].

Hay una forma de seguimiento de Cristo que es un reflejo del estilo de vida occidental.  Y no me refiero a la búsqueda de comfort, sino a una idea de vida consagrada muy pegada a los valores de esta sociedad consumista: la realización personal, el sentirse emocionalmente satisfechos, el ser felices, el éxito inmediato, la realización de los deseos y proyectos personales.

Y son numerosos los jóvenes que tienen este marco de valores como criterio de referencia y de discernimiento vocacional. Y parece que se encuentren en la vida consagrada porque piensan que sea la mejor manera para alcanzarlos.  En estos jóvenes no se da un cambio de vida sustancial y una identificación con los valores últimos, es decir los valores del Señor Jesús y de su Evangelio.  Dichos valores no existen como tales, y más que vivirlos, nos limitamos a hablar de ellos.

La dificultad de aceptar la cruz se desprende de esto, y la cruz antes o después aparecerá en la vida del discípulo.  Nace, entonces, el rechazo casi visceral de todo aquello que hace referencia a la renuncia y a la mortificación, cuyo valor queda muy disminuido.  Entonces se va en busca de una  pastoral gratificante; al estudio no se lo considera como algo en función de la calidad de la misión, sino como medio de éxito personal; se rechaza cualquiera actividad que tenga que ver con la vida escondida y humilde o con la rutina, el esfuerzo.

–        La formación a la renuncia

Por esto hoy hay que hablar de una realidad que más que en otros, en nuestros tiempos significa “remar contra corriente”: la formación a la renuncia.  Dicho con una paradoja, debemos favorecer  la experiencia de la renuncia, lo cual no quiere decir volver al pasado, cuando paradógicamente este ejercicio tenía un caracter del todo formal: lo importante era aprender a renunciar, para “templar la voluntad.” Por el contrario, es indispensable redescubrir el valor humano y cristiano de la renuncia auténtica, para poder vivr una experiencia enriquecedora de la misma, de manera que sea asumida de manera positiva, y no lleve ni a la frustración ni a la neurosis.

En la breve parábola evangélica del comerciante de perlas finas  (Mt 13, 45-46) encontramos algunos elementos preciosos que nos permiten delinear la  “fenomenología de la renuncia”:

Se renuncia a unas perlas preciosas (“el comerciante va y vende todo lo que tiene”), no porque sean falsas: son auténticas, y constituyen todo el tesoro del comerciante.

Se renuncia a perlas auténticas, con dolor y al mismo tiempo con alegría, porque ha encontrado “la” perla definitiva, aquella que ha seducido su mirada y su corazón, y entiende que no puede comprarla, si no vende todas las demás.  Siu nuestra vida consagrada, centrada en el seguimiento y en la imitación de Jesús, no nos fascina, la renuncia que se pide se vuelve injusta y deshumanizadora.

El gozo de poseer la “perla preciosa” no elimina del todo el  temor a que no sea auténtica: si son falsas, me he equivocado en mi decisión, y he arruinado mi vida.  Este “riesgo” en la vida cristiana y, más aún, en la vida consagrada, es una consecuencia directa de la fe: solo en la fe nuestra vida tiene sentido: si aquello en lo que creemos no es verdad, “somos los más desdichados de todos los hombres”, parafraseando a San Pablo (cfr. 1 Cor. 15,19). El día en que, sobre todos los aspectos de la vida consagrada, sea posible decir “mi vida me satisface totalmente, aunque no es verdad aquello en lo que creo”, estamos transformando nuestro carisma en una ONG, con exigencias que se vuelven incomprensibles para sus miembros.

  • El tesoro de tu corazón

Hablando en términos evangélicos, nos podríamos plantear la pregunta siguiente:  “¿Dónde está tu corazón?” ¿Dónde está tu tesoro? (cf. Lc 12,34).

–        El vínculo con los compañeros y con el Señor en la Congregación

El vínculo afectivo y efectivo con el Señor Jesús en la Congregación se encuentra hoy en dificultad entre los religiosos jóvenes; no madura y no llega a ser el centro del corazón.  Se tiene la impresión de que el vínculo con los compañeros de la Congregación o con los de la formación sea más fuerte que el vínculo con el Señor Jesús y con la Congregación.

Hay razones que explican el porqué de lo dicho y entre ellas podemos indicar: el infantilismo, la fragilidad afectiva, el sentido del grupo de amigos.

  • El infantilismo, fruto de una cierta formación en la vida religiosa, lleva a pensar que los problemas de la Congregación no tienen nada que ver con la persona; esta manera de pensar no crea un fuerte sentido de pertenencia y de responsabilidad.
  • Los religiosos jóvenes forman parte de una cultura en la que la fagilidad afectiva parece ser uno de los rasgos característicos, y así lo manifiesta la facilidad con la que deshacen los vínculos matrimoniales.
  • A menudo se forman grupos de amigos en los que se maduran y se toman decisiones juntos, y así el vínculo con los amigos o compañeros es más fuerte que el vínculo con la Congregación.

–        El vínculo con la Congregación como camino hacia Dios

Es cierto que la vocación es un llamado con otros, sin embargo es ante todo un acto personal, no trasferible, no condicionado por lo que otros pueden o quieren hacer.  Estamos invitados  seguir a Jesús como Pedro, sin mirar cuál es la suerte del Discípulo Amado (cfr. Jn. 21, 20-22).

La cuestión de fondo estriba justamente  en descubrir poco a poco en el propio itinerario personal, y compartiendo la misma vocación,  a la Congregación como camino hacia Dios  y senda de respuesta.

Por otro lado, lo que nos une primaria y teologalmente a los discípulos en el seguimiento congregacional es el Señor Jesús.  No elegimos a los compañeros de comunidad.  La comunión que se genera entre nosotros, más allá de las afinidades, es fruto de la relación con el Señor Jesús. Este vínculo, para que sea real, tiene que alcanzar la institución y, por consiguiente, el gobeirno de la Congregación.

–        El equiparamiento de la pertenencia y de la no pertenencia

Y por último, sin reprobar a los que abandonan la vida consagrada, en la mayoría de los casos pienso que es una falacia decir que su salida no atañe en absoluto a la Congregación y que no le influya.  Hay, no cabe duda, salidas que acontecen tras un buen proceso de discernimiento y las personas siguen comprometidas en la Iglesia y en la construcción del Reino, y en este caso el impacto tiene un efecto distinto.

A veces nos falta sensibilidad para marcar la diferencia entre la pertenencia y la no pertenencia.  A veces se siguen tratando con algunos compañeros en el lugar de estudio o de apostolado como si nada hubiera ocurrido, como si todo fuera igual, como si fuera lo mismo pertenecer y no pertenecer.

Aún apreciando el compromiso de algunos jóvenes religiosos que han dejado la Congregación y que a veces siguen sintonizando con su misión y espiritualidad, es importante afirmar que no marcar diferencia en los primeros años perjudica y mucho el sentido de pertenencia de aquellos que siguen en la Congregación. Se necesita tacto para no herir a nadie, pero claridad para que se vea que hay novedades y diferencias.  Quien toma una decisión de tal calibre tiene que esperar recibir comprensión y al mismo tiempo entender que no es gratuito dejar una vida y misión común.

–        “¡Yo lo escojo todo…!”

El escenario que se acaba de describir refleja muy bien el contexto actual de la post-modernidad que no puede verse solo como una tribuna, sino como un interlocutor de nuestra vida, de nuestra fe y de nuestra vocación de consagrados.  Desde esta perspectiva, quisiera invitaros a reflexionar sobre el presente y el futuro inmediato de la vida consagrada, no con ideas generales, sino una figura de santidad muy actual de la Iglesia: Santa Teresa de Lisieux.

Entre los muchos recuerdos de su infancia, es particularmente significativo uno, aparentemente banal.  Un día su hermana Leonia, creyéndose sin duda mayor para jugar a las muñecas, se presentó ante sus dos hermanas con una cesta llena de muñecas para que tomaran las que quisieran. Cuando le llegó el turno a la pequeña  Teresa, ella misma cuenta: “alargué la mano, diciendo: ‘¡Yo lo escojo todo!’, y agarré la cesta sin muchas ceremonias”[9]. Podriamos decir que es una actitud típicamente post-moderna, de aquel que no quiere renunciar a nada.

Sin embargo, en ella no se trataba de un desahogo infantil de egoísmo: creo más bien que exprese un rasgo profundo de su personalidad.  Y creo que así sea porque muchos años más tarde, en uno de los momentos más importantes de su discernimiento espiritual, este deseo vuelve a emerger en las páginas que se han vuelto clásicas en la espiritualidad cristiana:

“No obstante siento en mí otras vocaciones: siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de doctor, de mártir. Siento, en una palabra, la necesidad, el deseo de realizar por ti. Jesús, las hazañas más heroicas.Siento en mi alma  el valor de un cruzado, de un guerrero pontificio.  Quisiera morir en un campo de batalla en defensa de la Iglesia (…)¿Cómo armonizar estos contrastes? ¿Cómo realizar los deseos de esta pobre y pequeña alma mía? (…) Como estas aspiraciones llegaran a serme un verdadero martirio, un día abrí las Epístolas de San Pablo en busca de un remedio a mi tormento (…). Leí allí que no todos pueden ser a la vez apóstoles, profetas y doctores; que la Iglesia se compone de diversos miembros y que los ojos no pueden ser a la vez la mano. La respuesta era clara; pero no colmaba mis deseos ni me daba la paz (…)  Sin desanimarme, proseguí mi lectura y este consejo me consoló: «Buscad con ardor los dones más perfectos; os mostraré un camino más excelente aún». Y el Apóstol explica que los dones más perfectos nada son sin el Amor (…)  que la caridad es el más excelente de los caminos para ir seguros hacia Dios. Por fin encontré el reposo.  La caridad me dio la llave de mi vocación (…)Comprendí que sólo el amor hacía actuar a los  miembros de la Iglesia: que si el amor se apagase, los apóstoles no anunciarían ya el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre. Comprendí que el amor encerraba todas las vocaciones; que el amor lo era todo; que abrazaba todos los tiempos y todos los lugares porque es eterno. Entonces, en el exceso de mi alegría delirante, exclamé: ¡Oh, Jesús, amor mío!; por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor.”[10]

Solo en la medida en que todo nuestro ser vive para amar a Dios y al prójimo, y que nos esforzamos para que en toda la formación, a lo largo de toda la vida, esta finalidad sea clara, alcanzaremos lo que parecía imposible:  obtener todo en el fragmento, pudiendo realizar en la poquedad, en la rutina y “unicidad” de nuestra vida, la totalidad de la vocación cristiana y entenderemos que en el amor se realiza la extraordinaria paradoja que consiste en saber renunciar a todo y, al mismo tiempo y justamente por este motivo, no renunciar, prácticamente, a nada de aquello que nos permite alcanzar nuestro pleno  potencial, así como lo entendió y vivió la pequeña santa del Carmelo.

  1. Conclusión

No puedo terminar sin mencionar el elocuente texto de la primera carta a los Corintios en la que Pablo dice que “Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes” (1,27). El secreto de la vida consagrada no ha sido nunca la fuera según los criterios del mundo, sino el ser habitados por el Espíritu Santo.

Los religiosos jóvenes vienen donde nosotros, en general movidos por la fe o deseando tener una profunda experiencia de Dios;  sin buscar prestigio o poder o cualquier otro tipo de privilegio.  Llegan después de una fuerte experiencia de Dios, de la que brota cualquier forma de futuro.  Han tenido que superar resistencias culturales, sociales, familiares.  Saben que serán una generación pobre, a la que se le pide que mantenga viva la llama del seguimiento de Cristo; y con la gracia de Dios lo conseguirán.

Saben que su camino será en un primer momento una identificación progresiva con el don de la vocación que han recibido y paulatinamente será una respuesta fiel y creativa a ese llamado.

Siguen sintiendo la tensión entre la fuerza del don y la debilidad de su respuesta: “Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro” (2 Cor. 4, 7). Y a causa de ello viven en cada momento un proceso de integración, con su fragil libertad y al mismo tiempo dejándose sorprender por el poder de la gracia de Dios.  La integración es una dinámica compleja, al mismo tiempo psicológica y teológica y pide múltiples operaciones: completar, atraer, crear unidad, recoger y corregir, pero también iluminar, significar, calentar, afianzar, reconciliar.

Los jóvenes están impulsado por un gran deseo de vivir auténticamente y aprender el carisma de la Congregación, de la vida consagrada y de la esencia del Evangelio y de la Iglesia, de manera genuina.  No serán siempre coherentes, pero hay en ellos la voluntad de ponerse siempre en camino.[11]

Así que en lugar de quejarnos por el tiempo actual, tengamos confianza en el Señor y asumamos el desafío que nos presenta: solo con una fe fuerte, que alimenta una “esperanza viva” y se manifiesta en un amor concreto e incondicional por Dios y nuestros hermanos y hermanas, en quienes reconocemos el rostro del Señor Jesús, nuestra vida consagrada podrá ser relevante.  Solo un presente fiel a su pasado y abierto al futuro podrá ser significativo y fecundo en el continuo presente del servicio a Dios y al mundo, por el amor.

Un árbol está sano y es pujante cuando hunde sus raíces en la hondura oscura de la tierra; cuando su tronco se proyecta hacia las alturas, recibiendo la linfa que la raíz le ofrece y propiciando en sus ramas el surgir y madurar de sus frutos. Sin la raíz de la fe, que nos remite a un pasado histórico concreto y real, sin el tronco de la esperanza que nos lanza hacia el futuro, y sin los frutos del amor, siempre presente, seremos un árbol seco, que es mejor cortar y utilizar como madera o dejarlo marchitar, sencillamente.

Pidamos al Espíritu del Señor, con la maternal asistencia de María, que vitalice de tal manera a nuestros Intitutos, para que cada uno de ellos sea un bosque que ofrezca el frescor de las sombras, purifique el aire contaminado que nuestro mundo respira y produzca en abundancia frutos de salvación para todos nuestros hermanos y hermanas hacia quienes el Señor nos envía.

 

Asamblea USG 2016

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[1] Cfr., al respecto, el IV capítulo de “Los jóvenes religiosos, problemas y retos” obra de Gabino Uribarri BILBAO, Portar las marcas de Jesús. Teología y espiritualidad de la vida consagrada, Madrid, 2001, 109-129. En el contexto italiano, cfr. Rino Fisichella, Identità dissolta. Il cristianesimo lingua madre dell’Europa, Mondadori, Milano 2009, 115 – 132., “Mi fido…, dunque decido. Educare alla fiducia nelle scelte vocazionali, Milano 2009, 82-93. A. Cencini, “Fragili e incerti per decidere”, Consacrazione e Servizio 62 (2013), 48. Y, más recientemente, la ponencia  “La radicalità evangelica nell’epoca delle radici fragili”. P. Chávez, “¿Qué vida religiosa reflejan los jóvenes religiosos del siglo XXI?”, Conferencia en el Instituto de Vida Religiosa, Madrid, 2014.

[2] Cfr. Rino Cozza, “Nella società dell’informazione. Come parlare ai giovani di VC?”. Testimoni 7/2010, 9-11.

[3] Al respecto, quisiera hacer referencia a la magistral e iluminadora ‘lectio’ bajo el título  “Comunicazione“, lectio ofrecida por el famoso semiólogo Umberto Eco, durante el  Festival de la Comunicación en Camogli, el 13 de septiembre de 2014.  En su presentación Eco habló de la comunicación ‘soft’ y ‘hard’, una red en la que es dificil tener separados los dos tipos. Citando a  Marshall McLuhan, el sociólogo canadiense famoso por su tesis  “el medio es el mensaje,” Eco dijo que, “utilizando paradojas – McLuhan había puesto todo el interés sobre el medio – y había dado a entender ya en su momento que el usurario es dependiente del medio“.

[4] CONGREGACIÓN PARA LOS INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA Y LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA, Caminar desde Cristo. Un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer milenio, Roma 2002, n. 13. En esa misma línea, cfr. Papa Francisco, Carta apostólica a todos los Consagrados.

[5] JUAN PABLO II, Ecclesia in Europa sobre Jesucristo, vivo en su Iglesia, fuente de esperanza para Europa. Exhortación apostólica post-sinodal  (28 de junio de 2003), n. 38.

[6] Cfr. G. Uribarri, oc, del que me sirvo libremente.

[7] Cfr. F. WULF, Fenomenología teológica de la Vida Religiosa, en: Mysterium Salutis IV/2, Madrid, Ed. Sígueme, 2ª Ed., 1984, p. 454.

[8] Caminar desde Cristo, o.c. n.12.

[9] TERESA DE LISIEUX, Obras Completas, Burgos, Ed. Monte Carmelo, 6ª Edición, 1984, p. 53.

[10] Ibidem, 227-230.

[11] Quisiera remitir a una interesante reflexión de Javier de la Torre Díaz, profesor de Teología Moral y Bioética en la Universidad Pontificia de  Comillas en Madrid, publicado por  Sal Terrae. A raíz de una experiencia, en ámbito académico, de conocimiento y relación desde hace seis años con más de 300 religiosos y religiosas pertenecientes a varias  órdenes y congregaciones, en un artículo  cuyo título es “Religiosos Jóvenes Hoy, el corazón palpitante de la Iglesia”, ofrece una “radiografía (de los religiosos jóvenes) escrita desde el corazón”, como él mismo define su escrito.  En dicho artículo Javier relativiza muchos cuestionamientos sobre la Vida Religiosa, que él considera ser “más ideología que realidad” convencido de que “los religiosos que entran actualmente en muchas congregaciones son la mejor generación que tenemos y constituyen, en gran parte, el corazón de la Iglesia”. Es verdad que él mismo reconoce que “no son toda la vida religiosa”, y también es verdad – añado yo  – que conoce estos religiosos “desde fuera”, no en la vida cotidiana, en su vida de oración, en la relación concreta dentro de sus comunidades,  y en el desarrollo de la misión.  El autor valora positivamente algunos aspectos, pero no todos, algunos de ellos esenciales, como lo es el tema de la obediencia y, sobre todo, en el artículo adolece de una verificación estructural para no poner todos los valores al mismo nivel.  Sorprende, por ejemplo, el que no critique en absoluto la VR actual y que no haga  ninguna diferencia entre la VR masculina y femenina. Sin embargo subraya algunos rasgos de la VR que no siempre se ponen de relieve y tiene una visión positiva y no catastrófica de la VR. He aquí los rasgos del perfil de estos nuevos religiosos: 1. “No están secularizados. Viven en nuestro siglo XXI”. 2. “No están absorbidos por las instituciones. Viven el carisma en cualquier lugar”. 3. “No viven en una Iglesia paralela. Habitan en una Iglesia con fronteras más amplias”. 4. “No viven en un activismo sin espíritu. Su espiritualidad está más integrada con la acción”. 5. “No están faltos de vocaciones. Agradecen las que Dios les manda”. 6. “No  están faltos de formación. Su formación pone a la razón en su lugar en un mundo postilustrado”. 7. “No están aburguesados.  Viven pobremente en la sociedad del bienestar”. 8. “No renuncian a la familia. Viven en una familia más amplia de hermanos en el Señor”. 10. “Viven en ‘viejas órdenes religiosas’ donde florece la novedad del Reino”. Javier de la Torre Díaz. Sal Terrae 100 (2012) 25-38. El cursivo es mío.


Tomado de: http://vidimus.dnsalias.com/es/download/usg/78a_asamblea_usg_2016/2.1-Profilo-dei-giovani-religiosi-di-oggi-ESPA_2.docx

Foto de: Kekey Takaya CMF