• PALABRA DE DIOS: Juan 14, 15 – 21. Sexto Domingo de Pascua

El término huérfano hace referencia a la pérdida de protección y cuidado que alguien sufre por accidente o negligencia, considerada una situación dolorosa y conflictiva debido a la carencia de respuestas a las necesidades básicas y al cariño, e incluso a la vigencia de sus derechos como persona. La vulnerabilidad y el desamparo se hacen evidentes por tal circunstancia.

En relación a las comunidades y pueblos sucede lo mismo por la ausencia del Estado o por su inclinación a intereses egoístas que, lejos de atender al bien común, favorece el enriquecimiento de sus funcionarios y autoridades con mecanismos de corrupción como denominador común. Un encuentro claretiano de Biblia y Solidaridad y Misión – JPIC, donde hace poco participaron representantes de los países del Cono Sur de América Latina constata: “Visualizamos con preocupación que en Latinoamérica se consolidan grupos de poder con decisión política, que se encargan de reproducir un sistema que excluye y empobrece y que perpetúa/ profundiza las inequidades que siempre afectan con toda su fuerza a los más vulnerables”

Es una realidad el avance del modelo extractivista, las migraciones forzadas, los crímenes de género, la situación de la niñez, el desempleo creciente, la provocada contaminación de la Casa Común entre otros terribles hechos que se invisibilizan intencionalmente. ¿Cuántos huérfanos provocan tales injusticias a nuestro alrededor?

Es cierto que la promesa de Jesús a los discípulos de enviarles el Espíritu tiene la finalidad del consuelo y compañía ante su ausencia física, pero más aún para hacer fecunda su vida misionera a futuro. La práctica del amor entre los miembros de la comunidad y hacia fuera (Iglesia en salida) es obra del Espíritu o, dicho de otra manera, un nuevo modo de presencia de Jesús con los suyos. También las primeras comunidades reciben el Espíritu Santo de parte de los apóstoles, así no quedan huérfanas y son sostenidas y animadas por la Iglesia naciente.

Podemos decir entonces que la comunidad es responsable de que nadie viva en orfandad de ninguna clase, ya que si el amor de Jesús continúa en sus seguidores por obra del Espíritu, ese amor se explicita en la protección de sus integrantes, en la defensa de la vida y la Creación, en evitar la soledad que entristece y paraliza, en la promoción de las habilidades humanas,  en el compromiso por lograr la real dignidad de los pobres y excluidos.

En la zona rural donde vivo a los animalitos que se quedan sin madre le llaman guachitos (han quedado guachos) y los pastores se hacen cargo de cuidarlos y alimentarlos hasta que se independizan.

Por eso es importante preguntarnos dónde hay huérfanos hoy, o, dicho de otra manera,  donde hay ausencia de la Iglesia (o del Estado) en nuestra comunidad o pueblo. De la misa manera que no se puede independizar (separar) al Espíritu Santo de la Persona de Jesús, tampoco se puede separar al Espíritu Santo del amor al prójimo.

Nuestro desinterés o temor a implicarnos en la respuesta a las necesidades de los demás tiene que ver con la concepción de que el problema es de los otros y no mío (nuestro); y que, además, estamos acostumbrados a escuchar la palabra amor con contenidos bastante livianos que lo reducen al encuentro espontaneo, a las simpatías, los deseos que atraen mutuamente. Y si en esto muchas veces hay amor, es cierto que muchas veces hay egoísmos. Por eso el amor para crecer necesita despojarse, asumirse como actitud de vida, abarcar no sólo lo placentero sino también lo doloroso, profundizarse hasta los verdaderos actos de generosidad sin recompensa. Y ese amor es el que pone en acción la fuerza del Espíritu que está pero se actualiza en cada decisión, proyecto y realización de ese amor.

Mario Bússolo, CMF

Argentina