El centro de la predicación de Jesús fue el Reinado de Dios, de su modo de entender el mundo, los vínculos y hechos de la historia. Dedicó toda su vida apasionadamente al servicio del mismo. Para comunicar tal acontecimiento y realidad liberadora habló en parábolas mostrando su cercanía, su amor y voluntad. Creo que esta manera tan innovadora y creativa de proponer un estilo de vida a seguir con entusiasmo y decisión fue genial: por la sencillez y profundidad que las parábolas mostraban la opción hecha por el mismo Jesús, por los ejemplos en sintonía con la cultura y religiosidad del pueblo que escuchaba con admiración y sorpresa, por la misma novedad del mensaje en su contenido subversivo y posible de vivir incomparable con la ortodoxa y esclavizante doctrina de la ley, de la que los escribas y fariseos eran portadores. Jesús fue un verdadero Maestro en su pedagogía (versículo 2) al invitar a adherirse al Reinado de Dios. Comparaciones que descubren o encubren un mensaje para vivir, despiertan el interés y el ingenio, la imaginación y el nacimiento de utopías, y hacen posible un compromiso práctico y transformador.
¿No nos dice algo esta manera de hablar de Jesús? Cuando había caducado una forma de enseñar que causaba hasta rechazo e indiferencia, él hace que sus palabras lleguen al corazón de cada persona y de las multitudes y pueblos enteros. Cuando nosotros vivimos ese hartazgo de la rutina en la comunicación de la Buena Noticia del Reinado de Dios, tanto por lo que decimos (repetimos) o hacemos (copiamos) cada año en cada fiesta litúrgica o servicio pastoral, o le tenemos miedo al cambio o nos hemos dormido para apagar nuestras capacidades y apertura – disposición para lo nuevo. Perdemos conciencia que la pedagogía (la manera) de proponer dicho mensaje con creatividad y novedad no sólo hace bien a los demás sino a nosotros mismos. Para ello es necesario la permanente escucha y contemplación de la Palabra de Dios personal y comunitariamente, compartirla y celebrarla, no hay otro camino para hacer una Iglesia y evangelización nueva. Es imposible vivir el Reinado de Dios o invitar a otros/as a hacerlo si no lo conocemos y amamos con pasión como Jesús. No podemos dar de lo que no tenemos.
Aunque el escuchar es un arte, una parábola agraria en un contexto campesino no tiene muchos obstáculos de interpretación. Es que el sembrar y cosechar es natural y propio de quienes trabajan la tierra, a la vez de entenderse en este mundo útiles y satisfechos de aportar a la familia y al pueblo con lo que más saben hacer, y este hacer se traslada al ser: son campesin@s vinculados a la tierra, viven de ella y para ella, y lo que se tiene sin producir se pudre. Ser sembrador@s es finalidad de toda existencia en cualquier situación de vida, ya que nos ubica en una acción dinámica y creadora para el bien común. Y la fecundidad también es respuesta a la sed de encontrarse a sí mismo y de sentido.
Proponer la aceptación de la Palabra de Dios con esta “comparación” a trabajadores pobres que pisaban una tierra a veces ingrata y rocosa, que recogían una escasa cosecha del 10 por ciento como mucho, ya que debían dar el resto a los amos que vivían en las ciudades, parece provocativo. Pero así es la misión, con gigantes obstáculos posibles de superar y que pueden dar frutos del cien – sesenta o treinta. Ser provocativos y desafiar a la vida y la misión ¿no es de sembrador@s? La constante capacidad de lucha y confianza en Dios, entre otros vericuetos y sorpresas que aparecen en el camino, es propio de trabajor@s del Reinado de Dios. Por lo menos l@s campesin@s bien lo entendían.