(Basada en reflexiones del P. Guillermo Mariani)

Estas palabras de Jesús se dan en el contexto del diálogo que tiene con Nicodemo, un fariseo que representa al consejo, que creía que la salvación se daba por la observancia de la ley (entiéndase ley mosaica). Por otros hechos y palabras de Jesús sabemos que dicha ley se había vaciado de sentido, tergiversada y manoseada, casi que se vivía del recuerdo fijado y no se la interpretaba.

Jesús cuestiona dicha comprensión y vivencia sujeta a esas normas religiosas. Aprovecha el interés de Nicodemo, que va de noche a verlo, para explicar cuál es el camino de la salvación y su origen: Dios es puro amor y su intención es salvar, es comunicar una vida que supere la muerte; y es el mismo Jesús, el enviado, la imagen de Dios y su proyecto.

Y la invitación es creer en Él para tener vida; pero aquí creer es amar: la fe es expresión de amor, es correspondencia al amor recibido de Dios. El que no cree se condena a sí mismo, porque la incredulidad se cierra al don del amor, esto tanto para con Dios como para quienes viven a su lado. La incredulidad tiene la careta de la desconfianza por miedo, del egoísmo por no querer perder nada, del corazón de piedra por no saber o no querer amar con todo: esa persona se condena a sí misma a una eterna soledad ahora y a futuro, porque no se da cuenta de lo que se pierde, justamente de la alegría plena y eterna.

La fuerza del amor  (creer) es aquella que no tiene límites en su alcance e intensidad, es un olvido de sí por el bien de la otra persona. También es recuperación de lo querido y valioso, más que recuerdo es memoria, es cuidado y compañía, es sacrificio y dolor, es compartir y es estar, es consejo – perdón y corrección fraterna, es entrega y riesgo, es resistencia y perseverancia, es alegría plena y la gozosa contemplación de lo bueno, es el tiempo bien ocupado, es la caricia y el hombro bien firme para poder apoyarse, es el abrazo fuerte y la mano tendida, son los pasos por el sendero de la verdad y la justicia. Ese es el amor que Dios nos ha dado en Jesús. Y esa es la fuerza del amor que transforma, libera, salva. Ese es el verdadero amor. ¿Dónde está la fuerza del amor? ¿En quiénes ven o reconocen la fuerza del amor?

Aunque el amor es y será siempre un misterio, ya sea por su origen, por la profundidad y la amplitud de los espacios que abarca, por la intimidad de las reacciones que provoca, por la gratificación que remedia las tragedias de la soledad, por la profundidad de las motivaciones con que impulsa las acciones más increíbles, podemos vivirlo o ser testigos del mismo. El amor no se esconde en ningún resquicio o parcialidad del ser humano. Lo abarca todo en sí mismo y en sus relaciones con todo el entorno.

Hoy celebramos a un Dios Trinidad, un misterio que se ha planteado como incomprensible, pero en las tres personas distintas (Padre – Hijo y Espíritu Santo) Dios ha manifestado una presencia constante en su Creación y en su Historia. La Trinidad no es, por lo tanto, una realidad completamente inalcanzable para nosotros, sino que es el misterio del amor. Del amor que no hace falta comprender sino vivir, y que muchas veces se vive sin comprender. Porque es cierto aquello de que el corazón tiene razones que la razón no comprende.

Esta compañía en nuestras huellas por la vida es la que vence las soledades de nuestro mundo. Hay soledades estructurales como las que provoca el progreso que parece brindar oportunidades, pero tiene sus puertas absolutamente clausuradas para much@s creando necesidades reales y artificiales. Y también las que llegan por haber recorrido caminos sin sentido, de felicidades inmediatas pero inalcanzables o  no duraderas.

Nosotros también somos imagen de Dios y creemos en su proyecto de vida que salva. Si el motivo de la presencia de Dios en nuestras vidas es por amor…..el motivo de nuestras vidas ¿es por amor a los demás?… En este caso, hagamos que las soledades sin sentido desaparezcan con amores con sentido.