Cartas Vocacionales – Febrero, 2018

Hace muchos años –muchos- me sorprendieron dos verbos pronunciados por un claretiano que recorría algunos pueblos para interpelar a los jóvenes en su vocación misionera. Los verbos eran: evangelizar y educar. Me sorprendieron y me siguen asombrando. Han estado siempre en mi vocación religiosa y claretiana. Y me dije: ¿Por qué yo no?

Desde el principio vi que me exigía muchos cambios en mi vida. Siempre había aspirado a ser enseñante. Pero no religioso. Y medité, reflexioné… y pensaba en los misioneros que se dedicaban a educar y a evangelizar. Me invitó a pasar a la “otra orilla”. Y escuché unas palabras que me llegaron muy hondo: ven y verás. Siempre hay una promesa que está por llegar. Aquí comenzó todo.

Después, la vida religiosa, los estudios, el aprendizaje a nivel humano y a nivel espiritual. Pronto me di cuenta de que esta “misión” podía ser para mí. Y me fascinó el evangelio de Jesús que me iluminó, el ejemplo de María que me animó, la vida de Claret que me enamoró. Un día me encontré con una frase de R .Tagore, apasionante: “La vida se nos da y la merecemos dándola”. Y también otros verbos suyos que me hicieron recapacitar: “Os amé…” “Os esperé…” “Os encontré…”. Decía Séneca que si uno no sabe a qué puerto se dirige, ningún viento va a ser favorable.

Dios me puso en este camino y yo comencé a andar por él. Jesús de Nazaret fue un poco y un mucho mi norte y mi guía. Con mis desalientos y mis certidumbres, aquí estoy, por aquí sigo caminando. Antonio Machado decía: “Se hace camino al andar”. No me convencía del todo, porque las huellas del que anda se pueden borrar. Por eso corregí al maestro y me decía: “Se hace camino al amar”. Las huellas del que ama no se borrarán nunca. “Educar no es llenar un vaso, es encender un fuego” (Aristófanes). He intentado estar atento para que ese fuego no deje de alumbrar.

Dios me pedía llegar a… Los hombres me urgían encontrarme con… Y siempre Jesús me sorprendía: caminando, enseñando, evangelizando, jugando, amando… Precisamente la misión que a mí me entusiasmaba: estar bien formado desde lo humano, lo intelectual y lo religioso, no se puede hacer desde las leyes, sino desde una vocación apasionada y sentida. Se me pedía estar abierto a la Gracia para que el Espíritu hiciera de las suyas en mi vida. Y abierto a los nuevos momentos, a los signos de los tiempos.

BUSCANDO CAMINOS

Ha habido muchas etapas, como humano y como cristiano. Una primera, sin saber qué camino seguir, titubeando, mirando a una parte y a otra, horizontes nuevos y sorprendentes. Otra segunda, ya aclimatada, cómo llegar a la gente, a los alumnos, no solo intelectualmente, sino, sobre todo, cristianamente. Otra tercera, vi, me convencí de que en el alumno andaba Dios retozando, saltando, caminando, animando… El significado de los verbos comenzaba a cumplirse en mi vida. Siguiendo a Unamuno, no podemos crear una generación de idiotas; al revés, una generación nueva, creativa, ilusionada, llena de esperanza. En este caso, una generación misionera y claretiana.

EDUCAR

El mundo me pide que el significado de este verbo se realice y se cumpla en mi vida. Educar para enseñar, antes se requiere un tiempo de aprendizaje, de formación. El mundo necesita educación de verdad, educación personal. Necesita tiempo de silencio para entrar en el propio misterio del hombre: Educación a todos los niveles, formación personal, humana, científica, religiosa según el carisma claretiano. Llenarse uno de sí mismo para, después, desbordarse en los demás: en los niños, en los jóvenes, en los adultos, en todos los ambientes y llegar evangélicamente a las periferias que más lo necesitan, a los alumnos más limitados. Se requiere que muchos jóvenes, desprendidos, se ofrezcan a ser educados. Se necesitan misioneros educadores. Educar humanamente, culturalmente, cristianamente, con  un carisma especial: el claretiano. Se pide que haya muchos jóvenes que superen rutinas y se hospeden en la entrega y en el ofrecimiento; para llegar aquí es preciso formarse en los valores, en la educación en “excelencia”, llenar el corazón de una actitud de servicio, humildad y generosidad. Hay que educar dándose, después de haberse educado primero y poder llegar a los otros, sin reservas, de buen humor. Educar se convierte en educar-misionando. La educación, desde esta perspectiva, es el camino más directo para la evangelización verdadera. Cada curso es un camino del alma, para el alumno y para el profesor. Siempre hay que buscar una educación en “salida misionera”. El que educa, se educa y piensa en el futuro. Pensaba que tenía que ser padre de nuestro porvenir, más que hijo de nuestro pasado. Sin desdeñarlo. El educador y el alumno viven en la clase como el alma vive en el cuerpo. Un alumno aprende a amar, si es amado, si se siente amado de verdad. Los alumnos son verdaderos protagonistas en la educación y en la enseñanza.

EVANGELIZAR

Es el otro verbo que el misionero claretiano mencionó en la iglesia de mi pueblo. Me llamó poderosamente la atención. Yo diría que se adelantó lúcidamente a las catequesis que el Papa Francisco nos transmite en estos días. Misionar, como Jesús. Ir a los pobres y enfermos como Jesús. Anunciar la Buena Nueva, como Jesús. Todo esto se me quedó grabado poderosamente en mi corazón. Las filminas que nos presentó el misionero hacían una referencia a la misión que no puedo olvidar. Dejó una huella indeleble en mi vida. Misionar, como Jesús. Misionar-educando con un carisma especial: el carisma de Claret. Podría irme a las misiones o podría quedarme aquí, en Europa, pero llevando la Buena Nueva en la misión que se me encomendara.

No es fácil, no era fácil misionar con el ejemplo, con la palabra, con la cultura. A mí me han encargado misionar con la cultura y tenía que ser coherente. La clase me exigía estar en un permanente reciclaje. ¿Cómo evangelizar dando clase? Primero, estar abierto a la ciencia de verdad, dar la cultura desde el amor y desde el buen humor. La cultura, se da, dándose. Segundo, dejarse enseñar por los alumnos. No han estado en la universidad, pero viven el día a día con fuerza y entrega. Los alumnos tienen mucho que aportar al profesor. Tercero, enseñar en el dialecto del buen humor, diría, también, en el dialecto del buen amor. El amor, si es verdadero, se está dando siempre. Una sonrisa inteligente en clase es una medicina necesaria y urgente. El buen humor no se aprende en la universidad, se aprende, día a día, en la cátedra del corazón, del encuentro abierto con los compañeros. Es una virtud muy claretiana que se vive mirando al Fundador. Claret decía: “Cuando hayáis de corregir a alguno, echaréis mano de la dulzura, que para esto es muy eficaz. Es la dulzura la gran servidora de la caridad y su compañera inseparable.  La reprensión, considerada su naturaleza, es amarga; pero, confitada con dulzura y cocida en el fuego de la caridad… es cordial, amable y deliciosa. No olvidemos aquel proverbio que dice: “Más moscas se cogen con una gota de miel que con un barril de vinagre”. Y cuarto, no rehuir el diálogo. Escuchar, compartir, dejar hablar y dejar expresarse. Los alumnos pueden enseñar mucho. Mucho.

POR FIN…

Educar evangelizando es un binomio que, acaso, no se pueda disociar desde la dimensión claretiana. Educar, enseñar desde la preparación cultural y desde el testimonio evangélico. Evangelizar-educando sigue el mismo binomio, imposible de vivir separado. Evangelizar desde el Evangelio vivido y amado, desde la oración necesaria, desde el silencio sentido. El silencio me lleva al Evangelio y el Evangelio me lleva a valorar esta misión desde la entrega y el buen humor. A vivir la alegría del Evangelio. Siempre tenemos que predicar con la vida, siempre, alguna vez con la palabra, que diría Francisco de Asís. Por estos cauces se ha movido mi vida como agua que corre sin cesar, por la acequia sorprendente del alma. Y así, siento que puedo ser peregrino de la esperanza y de la ternura en esa misión maravillosa de educar y evangelizar. Esto es todo o casi todo.

Pedro Fuertes Combarros, cmf.

Las Palmas de Gran Canaria, España.