Abordamos la parábola de la cizaña y el trigo. La población que escuchaba a orillas del lago no necesitaba de muchas explicaciones para identificar a los sembradores de la cizaña con las autoridades del templo que se oponían a que Jesús curara en sábado, aquellos que hacían cumplir las leyes colocando pesadas cargas sobre las espaldas del pueblo en general, que robaban el dinero y bienes a los más pobres con la excusa de que pagaran las ofrendas para presentarlas al templo y así quedaran perdonados los pecados; o con los romanos y sus cómplices que allanaban aldeas y campos llevándose injustamente lo fundamental para vivir, que exigían el pago de impuestos llevándolo a la dependencia y pobreza extrema, que torturaban y mataban creando el terror en todo rincón de Israel y territorios vecinos.

No es extraña, ni desacertada del todo, una comprensión y reacción así de los destinatarios del mensaje de Jesús, sobre todo como víctimas de tantas injusticias sufridas. Pero también es posible descubrir que la cizaña se la lleva dentro de uno y que Jesús sana y libera a toda la persona.

El deseo de arrancar inmediatamente la cizaña no es posible porque en la etapa de crecimiento se corre el riesgo de cortar también el trigo. Sólo durante la cosecha se los podrá separar y cada especie recibirá su destino de ser quemada por el fuego o ser recogida en el granero.

Para quienes buscamos adherirnos al Reinado de Dios y vivirlo, tenemos que saber que el bien y el mal caminan juntos dentro de nosotros/as mismos, dentro de las comunidades y pueblos, y en el tiempo; que dividir la sociedad entre buenos y malos trae consigo, y ha traído a lo largo de la historia, mayores injusticias y desastres difíciles o imposibles de reparar; que comportarnos como jueces implacables de las personas y grupos de la sociedad nos aleja del mismo Evangelio que predicamos.

La rapidez para identificarnos con el trigo y ver la cizaña en los otros puede perjudicarnos, esta manera de pensar nos lleva a actuar injustamente y perder la delicada atención para encontrar los poros que permiten regar bondad y justicia para los cambios que corrigen y sanan situaciones y maneras de ser en todo ámbito y tiempo. No confundir nuestra justicia con la de Dios, primero Él es misericordia. El tiempo de Dios es el de la paciencia y la misericordia, donde cabe la posibilidad del arrepentimiento, el cambio o la conversión.

La sabiduría y el tiempo vivido nos dicen que mirando nuestras propias debilidades nos volvemos mucho más tolerantes y pacientes ubicando los errores de los otros en su justo nivel de gravedad, que muchas veces es menor a nuestros pecados. Así nos volvemos más expertos en acompañar la vida de quienes nos rodean o acuden en nuestra ayuda o consejo.

Cuando provocamos posibilidades de cambio o conversión damos esperanza en los ritmos que tiene la historia. Además, creer en la conversión es crear las posibilidades para ello y nos transformamos en personas de esperanza y firmes en la fe. Hay que caer en la cuenta de que el crecimiento en nosotros y en las comunidades o pueblos es un proceso en el tiempo.

En el medio del relato de la parábola y su explicación están las parábolas de la semilla de mostaza y de la levadura, completando el mensaje: existe un dinamismo de crecimiento en su tamaño (de la minúscula semilla brota la vida exuberante) y en su fuerza (la capacidad de poder transformador que el Reino de Dios tiene en la historia).

Es bueno aclarar que lo dicho no es una invitación a la inactividad, a perder la pasión y sed de justicia y paz que pretende nuestro compromiso; tampoco a debilitarnos en nuestra responsabilidad por ser protagonistas en los cambios que necesita una realidad determinada dejando todo en manos de Dios. Tolerantes sí, inactivos no.

Uno de los parientes, creo yo, de la intolerancia es la prepotencia. Y el riesgo de los juicios sin mucho discernimiento es llegar a odiar a las personas que se equivocan o mal intencionadas: yo no debo estar de acuerdo y rechazar todo lo malo que hay en mí y en los demás, que no significa no quererme ni tampoco no respetar a los demás.