Marcos 1, 40-45. Entonces se le acercó un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: «Si quieres, puedes purificarme». 41 Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». 42 En seguida la lepra desapareció y quedó purificado. 43 Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: 44 «No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio». 45 Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos, Y acudían a él de todas partes.

Es posible que muchos hayamos sido testigos o protagonistas en situaciones semejantes a la que sucedió un domingo en cierta parroquia durante la misa de los niños. Aún estaba empezando la eucaristía cuando entro una persona con unos vendajes por la cabeza, pobremente vestido, algo sucio y con una “pinta” algo extraña. Fue a sentarse en un banco donde estaba una familia, un matrimonio con dos niños de 7 u 8 años. Lo miraron, se levantaron y se fueron a otro banco. El pobre, al verse solo se acercó a otro banco y pasó lo mismo: se alejaron de él.

Tras la lectura del evangelio el sacerdote le pidió que subiera al altar, le quitó las vendas y la ropa sucia, le limpió alguna mancha de la cara, y para sorpresa de muchos, era uno de los catequistas, disfrazado para la ocasión.
Este tipo de reacciones se producen con frecuencia ante ciertos tipos de personas: personas sin hogar, minorías étnicas, otras razas…Parece que nos dieran algo de miedo. También pasaba en tiempo de Jesús. Incluso la ley mandaba que estas personas vivieran apartadas. Pero Jesús va a mostrar cuál ha de ser la actitud del cristiano: no huye, no lo rechaza, sino que lo toca. Y de la fe del leproso surge la curación. Y Jesús lo reintegra en la comunidad. 

Jesús se ha puesto en el lugar del otro y lo ha tratado como a él le habría gustado ser tratado. Y a nosotros nos dice: “lo que hagáis a uno de estos, mis pequeños hermanos, a mi me lo hacéis”. ¿Me dejo llevar solo por las apariencias? ¿Veo en los otros a hijos amados de Dios? ¿Los trato como hermanos?

Este domingo celebramos la campaña de Manos Unidas contra el hambre. También la jornada mundial del enfermo. No dejemos pasar la ocasión para echar una mano a todos los que necesitan de nosotros.

José Ramón Gómez, cmf

 

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